sábado, 17 de octubre de 2009

¿El SME salvó a la UNAM?

En cualquier marcha o plantón, las cosas parecían pintar de mejor manera, cuando llegaba el contingente caqui del Sindicato Mexicano de Electricistas.

Además de numerosos, los del SME siempre tenían los elementos para ayudar: imprenta, apoyo logístico, etcétera. Finalmente, por la trayectoria, antigüedad y reconocimiento internacional del Mexicano de Electricistas, cualquier lucha que se viera apoyada resultaba más válida.

Me platicaba un ex dirigente estudiantil, que por ahí del quinto mes de la huelga de la UNAM en 1999, los dirigentes del SME se reunieron con las diversas fracciones y corrientes que conformaban al Consejo General de Huelga: moderados, perredistas, “independientes”, radicales, ultras, etcétera.

EL SME reiteró su apoyo al CGH. Subrayó que jamás se metería en las decisiones del CGH. Sin embargo, sus líderes se permitieron compartir una pequeña frase de sabiduría, que ellos habían aprendido durante décadas de lucha sindical y social: “negociación no es claudicación”.

Me platicó el ex dirigente que los del SME explicaron que todos los movimientos sociales tienen una fase de crecimiento, una cima, y, después, una caída (hasta una posible sima). No es lo mismo negociar en la cúspide de un movimiento, que cuando ya perdiste todo, explicaron a los huelguistas.

Por supuesto, todos sabemos que el CGH apostó al alargamiento de la huelga. Los del SME ahí estuvieron siempre, observando, apoyando en lo que estaba en sus manos. Jamás se entrometieron.

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Después de la huelga del CGH, la UNAM quedó vacunada contra el activismo estudiantil.

Han pasado 10 años desde el inicio de la huelga; y, durante todo este tiempo, sólo hubo un movimiento (a nivel medio superior y no a nivel de estudios superiores) que logró tener fuerza suficiente para alcanzar objetivos determinados: el movimiento antiporril en 2004.

Mientras tanto, en el casco, en las facultades, los pequeños cubículos (la huelga tuvo ese efecto: los estudiantes “tomaron” muchos espacios que persisten en la actualidad), el activismo se redujo a los estudiantes-ahora-fósiles de siempre. La comunidad se sentía ajena a los restos del CGH.

Un caso paradigmático es el del Auditorio Che Guevara. Después de la huelga, el Che quedó en manos de uno de los grupos más difíciles que participaron en la huelga. Cercanos a Rocco (encarcelado por años por narcomenudeo), pretendidamente radicales, en realidad, los que quedaron a cargo del Che estaban más cerca del lumpen proletariado y la delincuencia menor que del activismo estudiantil.

Recuerdo que daban un taller de tambores. Una amiga lo tomaba. Yo sólo me atrevía a entrar al Che con ella, porque cualquiera que llegara y no era conocido por ellos era tachado de policía.

La manera en que el Che fue usado después de la huelga era radicalmente distinto de lo que yo conocía.

Antes, durante los años ochenta y noventa, el Che siempre estuvo cerca del activismo estudiantil pero el auditorio pertenecía a la comunidad más amplia. Cuando yo iba al CCH Sur, recuerdo que por la mañana podía uno asistir a una asamblea convocada por el grupo más radical de la universidad. Por la tarde, algún cineclub presentaba una película. Por la noche, los estudiantes de Arte Dramático y Teatro lo usarían para ensayar o presentar alguna obra.

Los anexos del Che sí estaban tomados por algún colectivo casi todo el tiempo. De esta forma el Che siempre fue un territorio libre, pero a la vez nunca perdía su accesibilidad a todos, incluidos los estudiantes que no tenían interés en el activismo.

Después de la huelga eso cambió. Durante estos diez años ha ido pasando de colectivos en colectivos. Han llegado a convivir al mismo tiempo diversos grupos: desde el Okupache, que tiene un proyecto interesante de radio, hasta los anarquistas que tienen una cocina vegetariana… pero hay grupos más oscuros, en los que no queda muy claro cuál es su trabajo político o estudiantil. Y además, el problema de fondo pervivió: muchos colectivos y estudiantes de a pie ya no tuvieron acceso al espacio.

Desde septiembre de 2007, cuando José Narro Robles sustituyó a Juan Ramón de la Fuente como rector de la UNAM, se comenzó a rumorar que “ahora sí” iban a sacar “a los del Ché”.

Estos rumores se convirtieron en algo mucho más fuerte durante 2009. Poco antes de que terminara el semestre de primavera (mayo de 2009) incluso se dijo que durante las vacaciones, el Che sería desalojado.

Pero durante ese verano, el Che cambió de "administración". Un grupo de activistas de Contaduría y Trabajo Social se metió y empezó a aplicar lo que, en la jerga del activismo estudiantil se conoce como el “trabajómetro”. Con ello pretenden acabar con los colectivos más lúmpenes y de este modo presentar ante las autoridades de la UNAM cierta validez para que el Che siga en manos estudiantiles.

Las cosas no les había salido mal, pero tampoco del todo bien, porque el problema de fondo (que es el acceso de todos los estudiantes al Che) no había sido resuelto. Pero entonces, se presentó, primero, el encarcelamiento ilegal de Ramsés Villarreal Gómez. Y el Che se volvió a llenar de gente.

Después, se presentó la embestida del gobierno panista en contra del SME. Y, me dicen, llevan dos asambleas multitudinarias en el Che. Y el Che ahora está lleno de vida.

Más aún, en la primera marcha de apoyo al SME, el pasado jueves 15 de octubre. Vi que salieron de la UNAM contingentes de estudiantes nuevos (no activistas eternos); gente nueva, fresca, estudiantes de verdad. Muchos de ellos están volviendo a acceder al Che. Si la “nueva administración” se pone las pilas y logra integrar a los estudiantes de Teatro para que puedan ocupar al Che, la jugada les puede salir.

Por lo pronto, lo que queda claro es que el movimiento del SME está logrando lo que nadie en los últimos 10 años: reactivó el activismo estudiantil. Yo en lo personal estoy contenta de ver estudiantes movilizados. Pero me pregunto si los asesores de Felipe Calderón evaluaron eso cuando decidieron meterse con el sindicalismo mexicano.

Lydiette Carrión