sábado, 18 de agosto de 2012

El indigente que demandó al Estado, ganó y desapareció


Ricardo Farías es el primer indigente que demandó al Estado por no garantizar sus derechos a una identidad legal, a la educación, a la salud y al empleo, tal como lo informóM Semanal (núm. 747, cinco de marzo de 2012). Triunfó en los tribunales y jurídicamente es la persona más protegida del país. Sin embargo, al ganar perdió lo único que poseía en el mundo: una casita hecha con huacales a las afueras del Metro Copilco, un pedazo de banqueta donde había vivido los últimos ocho o nueve años. También se perdió a sí mismo. Ahora nadie sabe dónde está el señor Farías.
• • •
Todo comenzó en un salón de clases de la Facultad de Derecho de la UNAM, alrededor de noviembre del año pasado. El maestro Enrique Carpizo Aguilar y sus alumnos de la materia Práctica Forense de Amparo del semestre 2012-I discutían si la Constitución mexicana en verdad se cumple, y alguien habló de las personas en situación de calle. Muchos recordaron a Farías, a quien veían día tras día a la salida del Metro Copilco en su pequeña casa hecha con huacales de madera y asegurada con alambres.
Alumnos y maestros decidieron ayudar a Farías Melchor. Formularon una demanda contra el Estado mexicano, a partir de la reforma constitucional en materia de derechos humanos de 2011, la cual permite presentar un amparo por omisiones de las instituciones, y no sólo por acciones que afecten a los individuos. Estudiantes y maestros hablaron con el señor Farías, y éste aceptó convertirse en su cliente.
La defensa solicitó la ayuda de José Luis Reyes Farfán, quien estaba a punto de recibirse como siquiatra, para evaluar a Farías. Cuando se entrevistaron, éste dijo haber nacido en 1963 en la delegación Azcapotzalco y ser huérfano. Había crecido en una casa hogar y realizó estudios de primaria y secundaria en las escuelas “Tierra y Libertad” y “Fernando Montes de Oca”, respectivamente.
El joven médico concluyó que el hombre se encontraba en un severo estado de desnutrición, presentaba lesiones en la piel y aparentaba una edad cronológica mayor a la referida; además mostraba rasgos de algún trastorno mental: su pensamiento y su discurso eran desordenados.
Algunos artesanos de Copilco añadieron más datos a la historia. Por ejemplo, que algunos comerciantes del área querían expulsar a Farías y quedarse con el sitio que ocupaba su casita de huacales: un jugoso espacio para el comercio, frente al que pasan al día miles de estudiantes que se dirigen a la UNAM.
Los artesanos no ven a Farías como un enfermo o un indigente, sino como un amigo, un colega artesano que en su tiempo fue uno de los grandes; pero que 10 años atrás, se quebró. El motivo de ello estaba oscurecido. Había diferentes versiones, relatadas como leyendas. Algunos decían que alguien le había dado toloache; otros, que había perdido la razón porque una mujer le rompió el corazón.
Pero, unos meses después, se revelaría una historia más compleja que la que Farías contó al médico y los abogados. Y más antigua que el quiebre amoroso que recuerdan los artesanos del sur de la ciudad.

TRÉPESE A LA CAMIONETA
Carpizo Aguilar presentó el expediente incidental 1494/2011 el 14 de diciembre de 2011, ante la Jueza Primera de Distrito en Materia Administrativa del Distrito Federal. Farías había demandado a 30 dependencias e instituciones del gobierno local y del federal. La jueza concedió el amparo el 22 de marzo de 2012.
“No sólo tuvimos que luchar contra la incredulidad de la jueza en su momento, que pensaba que estábamos jugando, sino también con el desprecio de muchas autoridades responsables del bienestar de don Ricardo Farías”, explica Carpizo en entrevista. Es agosto y apenas comienza un nuevo semestre. Han pasado cinco meses desde que ganaron el caso.
Carpizo Aguilar se encuentra en su cubículo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, que siempre está lleno de estudiantes. Uno de ellos, Omar Roldán Orozco, ha estado desde el inicio de la histórica demanda. Y es él quien lleva los datos pequeños del expediente de Ricardo Farías.
Ganaron. Se determinó que las autoridades del Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS) del Distrito Federal, eran las responsables de proteger los derechos del señor Farías. Pero “el verdadero litigio de un proceso de amparo empieza en su ejecución”, explica Carpizo, y agrega: “tuvimos varios problemas: el primero fue porque las autoridades responsables no tenían un método idóneo para proceder”.
A mediados de abril, el día designado para dar cumplimiento a la sentencia, funcionarios del IASIS llegaron a Copilco antes que los abogados defensores. Llegaron en una camioneta, acompañados de una actuaria y algunos reporteros y fotógrafos. Le dijeron al señor Farías que ya se lo iban a llevar.
Para cuando los abogados llegaron, el señor Farías había huido. “Inmediatamente me dijeron las autoridades: ‘Huyó, no quiso el apoyo; nosotros ya no tenemos nada qué hacer aquí. Señora actuaria: registre que nosotros vinimos a dar cumplimiento a la sentencia’”, relata Carpizo Aguilar.
El maestro pidió hablar con su defendido. Ricardo Farías estaba en crisis. Temía que se lo llevaran a la fuerza, secuestrarlo y violarlo, y meterle las cámaras de los fotógrafos en el estómago. “Afortunadamente se tranquilizó y decidió platicar con las personas”, dice el abogado. Se programó una segunda diligencia de cumplimiento de sentencia. "En esa ocasión sí fueron siquiatras y médicos quienes hablaron con él y lo evaluaron”. Por la madrugada aceptó ir a un albergue del IASIS.
Algunas personas echaron de menos a Farías Melchor y nadie les informó qué había pasado. Luis Manuel Mandujo es un artesano que vende su trabajo justo al lado de donde se encontraba la casita del señor Farías. Lleva el cabello entrecano larguísimo, y porta un collar con enormes piedras de ámbar chiapaneco. Él es amigo de Farías y lo conoce desde hace, quizá, 15 o 20 años. Al pasar los días sin saber de él, llamó a Locatel. Tuvo que marcar varias veces. En una ocasión le  dijeron que iban a colgar porque “estaba temblando”, aunque él recuerda que no había tal sismo. En Locatel no le informaron que su amigo estaba en un albergue del Distrito Federal.
Para Carpizo Aguilar, el caso del señor Farías es el antecedente que dio pie a otras iniciativas de trabajo responsable con población callejera en el DF. Por ejemplo, el pasado 15 de junio, un grupo de niños en situación de calle que ocupaban la vialidad de Artículo 123, entre Humboldt y Balderas, aceptaron ir a otro albergue del IASIS. Las acciones fueron supervisadas por la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, para evitar que las personas fueran levantadas por la fuerza o llevadas a anexos privados, en muchos de los cuales se podrían violentar aún más sus derechos, como ocurrió en el caso del anexo “Los Elegidos de Dios” en 2011.
Otra victoria fue la del 30 de julio pasado. El Instituto para la Atención y Preevención de las Adicciones en la Ciudad de México (IAPA) y 12 dependencias del gobierno local firmaron un protocolo para crear una metodología de contacto con las personas en situación de calle, a fin de darles atención sanitaria y favorecer su reinserción social y familiar.
Sin lugar a dudas, Ricardo Farías es pionero en defender sus derechos; pero las cosas no salieron del todo bien.


COMIDA Y MEMORIA
En el albergue, Ricardo Farías empezó a comer tres veces al día e inició un tratamiento siquiátrico. En poco menos de un mes, con medicamento, alimentos y en un espacio contenido, recuperó la memoria y su discurso fue cobrando coherencia. Comenzó a echar tímidos vistazos a su pasado: recordó dónde había vivido su infancia: la colonia Pasteros, delegación Azcapotzalco, al norte de la ciudad. Dio una dirección en la que, dijo, vivían su mamá y su hermana. La historia de la casa hogar parecía haber sido una alucinación, una fantasía. Pero ¿de verdad lo era?
Las autoridades del albergue fueron al domicilio referido. Los atendió el señor Raúl Peralta —de unos 60 años— quien resultó ser cuñado del señor Farías. Él informó que, en efecto, ese hogar había sido de su esposa (es decir, la hermana de Farías) y la madre de ésta; pero ambas habían fallecido años atrás. Ahora sólo vivían ahí el propio Raúl y sus hijos, quienes son sobrinos del señor Farías.
Las autoridades del IASIS trasladaron al señor Farías a la casa de su cuñado.
“Astutamente, los del albergue fueron y se lo dejaron al familiar”, resume Carpizo Aguilar. “El protocolo de actuación del Estado es limitado, porque sólo lo está reencauzando con su familia. ¿Y si el quejoso no tiene familia?”, cuestiona. Más aún, según los protocolos médicos internacionales, un padecimiento siquiátrico como el que presentaba el señor Farías requería supervisión cercana y cuidados durante al menos ocho meses. El IASIS lo protegió un mes.
La jueza, al igual que el abogado, tampoco quedó satisfecha y dio por incumplida la sentencia. Señaló que el IASIS debía garantizar la atención médica del señor Farías y dar seguimiento proactivo al caso. Como respuesta, los funcionarios se limitaron a dar al enfermo un paquete con medicamento siquiátrico suficiente para su tratamiento por ocho meses, le indicaron cómo debía tomarlo y se volvieron a ir.
De nueva cuenta, la jueza dio por cumplida la sentencia. Pero surgió un problema mayor: “Actualmente no sabemos dónde está el señor Farías”, remata Carpizo Aguilar. Algunos lo vieron en una ocasión por Metro Copilco. Pero nadie sabe con certeza dónde está.
COPILCO
El lugar que ocupaba la casita de Ricardo Farías afuera del Metro Copilco parece haber sido tragado por los puestos. Pero una inspección más cercana advierte que los artesanos sólo hicieron su puesto más ancho, como para guardar el lugar. Luis Manuel Mandujo así lo explica: “Como varios vendedores querían el lugar, pues nosotros nos expandimos para evitar que se lo quiten”.
Como se mencionó arriba, cuando Farías desapareció, las autoridades nunca le dijeron a Luis Manuel que estaba en un albergue; sin embargo, entre los artesanos custodiaron la casita de huacales. En ella Farías les guardaba su material por las noches y con ello se ganaba un dinero extra.
Pasó un mes o mes y medio, Luis Manuel no recuerda con exactitud, pero Farías regresó. “Se veía mejor, más recuperado”, y les platicó que había estado en el albergue de la calle Coruña, que lo habían tratado bien. Contó que había demandado a la ciudad, y que le iban a dar una vivienda. Por mientras, explicaba, quería montar su puesto de artesanías otra vez. Sus amigos le dieron alambre, unas pinzas y cristales para vender.
“Y sí lo montó. Su puesto estaba chiquito, pero estaba bien”. Regresó a dormir en la casa de huacales. Pero se veía mejor. “Yo lo estimo, porque lo conozco de años. No lo conocí aquí, sino en Zacatecas”.
—¿Farías viajó mucho, entonces? —pregunté a Luis Manuel
—Sí. Por todo el país: Zacatecas, Chiapas, Oaxaca…
¬—¿Cuánto tiempo tenía viviendo aquí, en Copilco?
—No estoy seguro, pero por ahí de siete, ocho años.
—Oiga, ¿y qué platicaba de su familia?
—La verdad, yo no le preguntaba mucho, porque uno no sabía cómo iba a contestar. Una vez le pregunté por su mamá y me dijo que había nacido de la panza de una perra.
Farías volvió a vivir en Copilco por una semana, aproximadamente. Pero un día desapareció de nuevo. “Parecía que había ido a dar la vuelta, porque había dejado todo bien. Todas sus cosas”.
Lo esperaron; pero un lunes, unos días después de esta segunda ausencia, la casita de huacales desapareció con todo lo que tenía adentro. Nadie sabe quién la levantó.

INFANCIA
La Pasteros es una colonia clásica, con aire a un México que ya no existe. Sus calles asfaltadas dejan poco lugar para áreas verdes, pero casi todas las fachadas se muestran pintadas de colores brillantes. Lo mismo ocurre con la cerrada de Mimosas, una estrechísima calle peatonal adoquinada, flanqueada por casas. Casi todas están pintadas de tonos anaranjados, y la pintura es reciente. Más tarde, el señor Peralta explicaría que todos los años arreglan la calle para la Virgen, cuyo altar se encuentra al fondo de la cerrada.
Raúl Peralta se encuentra casi todo el día en su florería, un negocio que se encuentra a unas casas de la cerrada. Trabaja entre malvas, violetas, koalas y perritos infantiles hechos con margaritas. Él mismo tampoco sabe dónde está su cuñado.
Los primeros días que llegó a la casa materna, Ricardo Farías no quería bañarse ni comer. Así pasaron dos semanas, hasta que comenzó a sentirse más cómodo, más relajado. Entonces dijo que saldría a buscar trabajo, aquel trabajo que el Estado mexicano debía garantizarle. Pidió a uno de sus sobrinos que le comprara unos panes para hacerse unas tortas y se fue de albañil. Pero sólo resistió el trabajo un día y medio. Regresó de nuevo a casa de su cuñado. Aceptó los pequeños regalos que le hicieron: jabón, pasta de dientes, unas chanclas de baño.
Peralta cuenta que los funcionarios del IASIS los visitaron dos veces: en una ocasión, para entregarles un paquete con medicamento siquiátrico por ocho meses; en otra, para darle sus pertenencias: unas cobijas lavadas y unos pósteres.
A los pocos días, Ricardo Farías le dijo a su cuñado que se iba. Regresaría a Copilco, donde había hecho su vida. Habló vagamente de comprar material para volver a hacer artesanía: adquirir pinzas, alambre, cautín, martillo. Prometió que iría a visitarlos todos los lunes, para, ahora sí, no perder contacto.
Regresó, como prometió, al lunes siguiente y le dijo a su cuñado que se sentía mejor, que seguía tomando su medicamento y que algunos vendedores del Metro Copilco le pagaban por cuidar un terreno donde ellos guardaban sus puestos y mercancía.
Se volvió a ir. Pasó una semana. Dos. Pero no ha regresado a casa de su cuñado. El anciano guarda silencio un momento. Comienza a platicar y de pronto ya no se detiene: relata en cascada la historia oculta de Ricardo Farías, aquella que no conocen en Copilco, ni en el IASIS, ni siquiera sus abogados defensores:
“Yo creo que se acostumbró a vivir así, solo, en la calle. Como un animalito que se siente atrapado cuando está enjaulado. Él, con su artesanía, viajó por todo el país. Una vez que terminó la prepa se fue. A veces venía, pero no se quedaba. Al final ya ni siquiera entraba a la casa. Se quedaba fuera, mirando. Él no era agresivo, nunca ha sido agresivo. Eso se lo dije a la señorita que vino del IASIS, que mi cuñado se portaba bien. Sólo llegó a ser agresivo con su tía y su hermana —mi esposa— porque ellas le llamaban la atención; le decían que ya dejara eso, eso del vicio (las drogas)”.
El anciano explica. Toda la historia del señor Farías, todas sus versiones, incluso sus alucinaciones, cobran sentido: “Es que, ¿sabe usted? Mi suegra no era su mamá, era su tía. Su mamá de verdad se murió cuando él era muy pequeño. Tenía alrededor del año y medio cuando su mamá se murió. Y mi suegra, entonces, decidió que se iría con ellos, y lo crió como propio. Mi esposa no es su hermana, es su prima… Yo pienso que cuando le dijeron que no era hijo de mi suegra, le vino su trastorno… ahí le vino todo su trastorno”.
Antes de que los funcionarios del IASIS se lo llevaran en mayo pasado, Farías no había regresado a la cerrada de Mimosas en 15 años. El señor Peralta relata que su esposa y su suegra vivieron preocupadas, entristecidas. Murieron apesadumbradas, sin saber qué había sido de aquel que en los hechos había sido su hermano y su hijo.



Reportaje publicado originalmente en Milenio Semanal el 11 de agosto de 2012.


NOTA: Seguimos buscando al señor Farías. Si alguien tiene información, por favor contactar mediante este blog.

Actualización (marzo de 2013): El señor Farías afortunadamente apareció, bien, con salud. Simplemente las autoridades del albergue al que decidió regresar le pidieron que desistiera de la demanda y se alejara del abogado. Por eso no se reportó en mucho tiempo. Después de pensarlo un tiempo, el señor Farías decidió seguir adelante con su litigio. Va ganando.