Hay un dicho de un activista al que llamaban “Bakunin” en la huelga: “Los moderados venden huelgas. Los ultra las destruyen”.
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En los últimos días, dos han sido los comentarios publicados sobre la huelga, a razón de que se cumplieron 10 años desde que la PFP entró al campus universitario.
El primero se encuentra en la entrevista que Víctor García Zapata realiza a Higinio Muñoz (publicado en Milenio Diario) en la que este líder advierte un momento crítico que el CGH dejó pasar: “los huelguistas acumulábamos una erosión interna que se palpaba en los conflictos entre las corrientes y la pérdida de apoyo social. Espiral descendente que se dio cuando en el CGH no supimos reaccionar al llamado de los eméritos. Ciertamente esa propuesta no resolvía el conflicto, pero era mucha gente respetable pretendiendo renovar la discusión, cuando ni nosotros ni las autoridades estábamos generando nuevas propuestas”.
Higinio Muñoz representaba hace diez años un punto intermedio entre ultras y moderados. Era, digámoslo así, el factor sándwich.
En otro texto (en el blog Frida guerrera), Fernando Belaunzarán (quien estaría del lado más moderado) aseguró:
“Los ánimos facinerosos del ex rector no explican el nivel de polarización en el seno del CGH y su progresiva descomposición interna. Hubo otros factores sin duda más influyentes. Es importante señalar que el grupo político estudiantil que había sido hegemónico en el exitoso movimiento de 1986-87 y que durante la siguiente década tuvo sin duda el mayor peso y repercusión dentro y fuera de la UNAM, conocido como CEU-Histórico se encontraba diezmado porque sus cuadros más experimentados se fueron al Gobierno del Distrito Federal con Cuauhtémoc Cárdenas o bien al PRD, como era mi caso".
Posteriormente añade: que los perredistas que se encontraban en la UNAM quisieron desplazar a aquellos que representaban a los históricos. Por supuesto, después de semejante análisis, no hay nada qué rescatar sobre este texto.
Curiosamente, tanto Higinio como Belaunzarán coinciden en que se perdió la oportunidad histórica de haber hecho caso a la propuesta de los eméritos.
Pero la pregunta clave sigue sin respuesta. Todavía no existe una claridad respecto a por qué no se aceptó, por qué los distintos momentos que el CGH tuvo para dar una salida, un cauce más o menos consensuado, más o menos exitoso frente a la sociedad mexicana, fueron rechazados una y otra vez. Y ahí es dónde no hay estudios.
¿Por qué la ultra ganó al interior de la huelga y se impuso? no puede ser respondido desde la simple y llana descalificación a la ultra. No puede decirse que fue por falta de cuadros perredistas sólidos (y dios nos libre de que haya sido así); no puede decirse que sólo se impuso a partir de la violencia. Porque, aunque nadie quiera reconocerlo, la ultra ganó la simpatía del grueso de los activistas que mantenían la huelga. De ahí, de su supremacía se desprendió todo lo demás.
En resumen: la ultra se ganó la entraña de los que sostenían la huelga. ¿por qué fue así?
En otras palabras: está bien. En 1999, ganó el lado más irreflexivo de los activistas de la UNAM. La regaron, la regaron grueso y las consecuencias continúan. Pero, ¿por qué fue esto? La ultra siempre habitó la UNAM; ¿por qué en 1999 y 2000 conquistó las simpatías de los activistas?
El grueso de los estudiantes que estuvieron en la huelga no pertenecían a una corriente previa. La ultra ganó la huelga… y la destruyó. pero, ¿por qué la ganó en primera instancia?
¿GENERACIÓN X?
Recientemente cayó en mis manos un librito que publicaron varios ex cegeacheros, con el título: “Soy huelguista soy de la UNAM”. Contiene una serie de ensayos. La mayoría no me gustó. Carece de ese factor fundamental llamado reflexión, autocrítica, que urgentemente requiere nuestra generación. (Creo que si no se realiza en los próximos años en torno a la huelga, se condenará a las fuerzas de izquierda y progresistas de México a la más oscura de las barbaries en uno de los peores momentos históricos.)
Pero debo decir que un querido amigo mío, Pável Brito, escribió un ensayo sobre el tema de la generación X y su presencia en la huelga.
Cuando yo iba en el CCH, no se cansaban de decir que mi generación era la generación X. Después de la revolución que significó los años sesenta y setenta; después de la explosión del punk; la mía era una generación apática, desarticulada, indefinida…
Esa misma generación por la que nadie dio un quinto sostuvo, en México, una huelga por más de nueve meses. Y sigue la interrogante: ¿por qué, la generación catalogada de gris, no sólo no fue apática respecto al tema de la gratuidad de la educación, sino que además hizo empatía con los sectores más ultras del abanico de activistas mexicanos? ¿Por qué la ultra ganó la huelga, para luego destruirla?
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miércoles, 10 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
La vindicación de los antihéroes
El viernes pasado, varias corrientes del otrora CGH convocaron a una breve marcha para conmemorar los X años de la entrada de la PFP a la UNAM. Dicen que estuvo desangelada.
El mentado aniversario era un buen momento para analizar y reflexionar sobre la huelga estudiantil de 1999-2000. Hasta la fecha, esta reflexión sigue pendiente (excepto por algunos trabajos aislados). Por un lado, los entonces estudiantes que reivindicaron la huelga no han hecho un ejercicio profundo de autocrítica. Y para el status quo, es mejor no hablar de la huelga. Hacerlo es reconocer su influencia.
Curioso, porque muchas de las situaciones que se presentan en los movimientos sociales actuales, y en toda una generación que en este momento incide en toma de decisiones, se gestó en la huelga. Matemáticos, abogados, ingenieros, escritores, talleristas, maestros, pedagogos, fotógrafos, actrices, policías, becarios, muchos de ellos (lo admitan o no) pasaron por la huelga.
**
Pero mientras los académicos, los editorialistas callan, se ha gestado un fenómeno interesante entre los nuevos estudiantes; sobre todo los adolescentes que acaban de ingresar a bachillerato.
Para ellos, los rumores que llegan del movimiento de 1999 son más bien heroicos (provenientes de aquellos activistas profesionales que estaban en 2000 y continúan hasta la fecha). A las nuevas generaciones, sólo llega la “visión de los vencidos”, la versión de los remanentes del CGH. Para ellos, la universidad sigue siendo lo que es gracias al CGH.
De pronto se cuelan algunas otras versiones, los otros problemas que trajo la huelga: el desprestigio de los movimientos sociales, la inmovilidad estudiantil. Pero frente a la nebulosidad de la información respecto a la huelga, pervive la visión de los antihéroes (entre la población que quiere hacer la diferencia. los inmóviles... pues están en otras cosas).
Me pregunto qué pasará dentro de unos años. Cómo se habrá transformado la percepción del movimiento estudiantil de 1999-2000 entre la población menor de 20 años. Será interesante ver qué opinan los editorialistas.
El mentado aniversario era un buen momento para analizar y reflexionar sobre la huelga estudiantil de 1999-2000. Hasta la fecha, esta reflexión sigue pendiente (excepto por algunos trabajos aislados). Por un lado, los entonces estudiantes que reivindicaron la huelga no han hecho un ejercicio profundo de autocrítica. Y para el status quo, es mejor no hablar de la huelga. Hacerlo es reconocer su influencia.
Curioso, porque muchas de las situaciones que se presentan en los movimientos sociales actuales, y en toda una generación que en este momento incide en toma de decisiones, se gestó en la huelga. Matemáticos, abogados, ingenieros, escritores, talleristas, maestros, pedagogos, fotógrafos, actrices, policías, becarios, muchos de ellos (lo admitan o no) pasaron por la huelga.
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Pero mientras los académicos, los editorialistas callan, se ha gestado un fenómeno interesante entre los nuevos estudiantes; sobre todo los adolescentes que acaban de ingresar a bachillerato.
Para ellos, los rumores que llegan del movimiento de 1999 son más bien heroicos (provenientes de aquellos activistas profesionales que estaban en 2000 y continúan hasta la fecha). A las nuevas generaciones, sólo llega la “visión de los vencidos”, la versión de los remanentes del CGH. Para ellos, la universidad sigue siendo lo que es gracias al CGH.
De pronto se cuelan algunas otras versiones, los otros problemas que trajo la huelga: el desprestigio de los movimientos sociales, la inmovilidad estudiantil. Pero frente a la nebulosidad de la información respecto a la huelga, pervive la visión de los antihéroes (entre la población que quiere hacer la diferencia. los inmóviles... pues están en otras cosas).
Me pregunto qué pasará dentro de unos años. Cómo se habrá transformado la percepción del movimiento estudiantil de 1999-2000 entre la población menor de 20 años. Será interesante ver qué opinan los editorialistas.
viernes, 3 de abril de 2009
La caza del tlacuache (memorias de la huelga)
Lo primero que aprendí durante la huelga es que los verdaderos dueños de Ciudad Universitaria son esas ratas enormes llamadas tlacuaches. Todos aseguraban que “no hacen nada”. Nunca me acerqué lo suficiente para comprobarlo, porque al ver su cola de roedor monstruoso, no podía hacer otra cosa sino estremecerme.
En la cotidianidad de las clases, es difícil entender esta verdad, ya que los tlacuaches son tímidos y sólo salen de noche: merodean por los basureros buscando comida, intentar ingresar a las cocinas y cafeterías del campus, pasean en fila india con sus crías... una alegre familia.
Uno de los principales miedos al acampar en CU es que la tienda de campaña fuera invadida por estos ciudadanos. Ocurrió una o dos veces en el Centro Cultural. Digamos que la norma era revisar la tienda con cuidado, antes de ingresar a ella.
Una vez en la Facultad de Ciencias Políticas, se les ocurrió que quizá los tlacuaches podían ser fuente proteica para el sustento de los estudiantes en huelga. Entonces una camarilla de cuatro o cinco se lanzó a la caza del tlacuache. No sé cómo lo hicieron, creo recordar (pero no puedo asegurarlo) que utilizaron palos como armas. Finalmente mataron a uno y lo llevaron a la facultad.
Entonces, la culpa invadió a los cazadores (que parecían emular los niños perdidos de El señor de las moscas), y tiraron el cadáver a la basura. Se habló poco del caso, todos querían olvidarlo. Nadie volvió a intentar cazar tlacuaches. Con los meses (quién hubiera pensado que pasaran tantos), los tlacuaches se acercaron de nuevo a buscar comida en la cocina.
En la cotidianidad de las clases, es difícil entender esta verdad, ya que los tlacuaches son tímidos y sólo salen de noche: merodean por los basureros buscando comida, intentar ingresar a las cocinas y cafeterías del campus, pasean en fila india con sus crías... una alegre familia.
Uno de los principales miedos al acampar en CU es que la tienda de campaña fuera invadida por estos ciudadanos. Ocurrió una o dos veces en el Centro Cultural. Digamos que la norma era revisar la tienda con cuidado, antes de ingresar a ella.
Una vez en la Facultad de Ciencias Políticas, se les ocurrió que quizá los tlacuaches podían ser fuente proteica para el sustento de los estudiantes en huelga. Entonces una camarilla de cuatro o cinco se lanzó a la caza del tlacuache. No sé cómo lo hicieron, creo recordar (pero no puedo asegurarlo) que utilizaron palos como armas. Finalmente mataron a uno y lo llevaron a la facultad.
Entonces, la culpa invadió a los cazadores (que parecían emular los niños perdidos de El señor de las moscas), y tiraron el cadáver a la basura. Se habló poco del caso, todos querían olvidarlo. Nadie volvió a intentar cazar tlacuaches. Con los meses (quién hubiera pensado que pasaran tantos), los tlacuaches se acercaron de nuevo a buscar comida en la cocina.
Jerónimo y la toma del estadio
Me encontraba en la cafetería de la Facultad de Filosofía, cuando llegó una brigada que pedía refuerzos para tomar el estadio de Ciudad Universitaria. Al día siguiente se formaría un Frente Universitario en Defensa de la Educación Pública y Gratuita, para crear una especie de federación de organizaciones estudiantiles de todo el país.
Todos tenían suéteres o playeras amarradas a la cabeza, para evitar ser identificados y ser acusados de despojo a la nación. Corría el rumor de que la toma del estadio (concesionado al club Pumas de la UNAM) traería más consecuencias legales que la propia toma de las facultades y escuelas.
Llegaron patrullas y vochitos de Auxilio UNAM, y los policías se hicieron de palabras con los huelguistas. Pero no pasó a mayores. Por la noche se quedaron varios –hombres, sobre todo, al evaluar que era una toma de riesgo—a resguardar los accesos.
Esa noche llevé a mi hermano Jerónimo, que entonces tenía 10 años, a acampar al Centro Cultural Universitario.
Jerónimo era un niño muy luminoso y muy sociable, y fue adoptado inmediatamente por los huelguistas. Lo pasearon por el espacio escultórico, le dieron de comer, y jugaron con él.
Jerónimo cenó galletas marías con leche y tierra, mis amigas lo chulearon y cantó con todos al calor de la guitarra y la fogata. No sé qué estaba pensando mi mamá al dejarlo ir conmigo. Aunque, a decir verdad, no recuerdo si realmente le pedimos permiso y sólo de avisamos desde un teléfono público.
Por la noche, dormimos cinco o seis en una tienda de campaña, y a cada rato alguien gritaba que sentía un tlacuache en los pies. Entonces todos gritaban, se levantaban, la casa de campaña se caía, nos reíamos, volvíamos a apuntalar la tiendita y nos volvíamos a acostar.
Por la mañana fuimos al estadio. Jerónimo entonces se convirtió en una especie de mascota para los huelguistas más bravos, miembros muchos de la Comisión de Seguridad, elegidos para resguardar las instalaciones.
Estaban preparando el Encuentro. Las puertas seguían cerradas. Pero, al ver a Jerónimo, decidieron que era necesario educar a los futuros activistas y de brazo en brazo lo pasaron por encima de una reja. Me dijeron: “nos vemos en la puerta tres” (o cuatro o cinco, no recuerdo). Mientras, Jerónimo bajó a la cancha de futbol, le enseñaron consignas de marchas, lo adoctrinaron acerca del movimiento estudiantil, le explicaron que ese movimiento era para futuros jóvenes como él.
El encuentro estudiantil estuvo más bien pinchurriento, aunque el CGH se colgó la medallita de haber convocado a 20 mil personas. Llegaron varias organizaciones, pero la famosa federación jamás logró concretarse del todo. Lo más relevante fue que algunos paristas se pintaron letras en las nalgas y formaron juntos una porra en el estadio.
Jerónimo llegó a casa y, no sé qué le contó a nuestro hermano Jorge, el mayor, y a sus amigos, pero todos querían ir a acampar a la huelga, cazar tlacuaches, tomar instalaciones y comer en la cafetería de Filos.
Todos tenían suéteres o playeras amarradas a la cabeza, para evitar ser identificados y ser acusados de despojo a la nación. Corría el rumor de que la toma del estadio (concesionado al club Pumas de la UNAM) traería más consecuencias legales que la propia toma de las facultades y escuelas.
Llegaron patrullas y vochitos de Auxilio UNAM, y los policías se hicieron de palabras con los huelguistas. Pero no pasó a mayores. Por la noche se quedaron varios –hombres, sobre todo, al evaluar que era una toma de riesgo—a resguardar los accesos.
Esa noche llevé a mi hermano Jerónimo, que entonces tenía 10 años, a acampar al Centro Cultural Universitario.
Jerónimo era un niño muy luminoso y muy sociable, y fue adoptado inmediatamente por los huelguistas. Lo pasearon por el espacio escultórico, le dieron de comer, y jugaron con él.
Jerónimo cenó galletas marías con leche y tierra, mis amigas lo chulearon y cantó con todos al calor de la guitarra y la fogata. No sé qué estaba pensando mi mamá al dejarlo ir conmigo. Aunque, a decir verdad, no recuerdo si realmente le pedimos permiso y sólo de avisamos desde un teléfono público.
Por la noche, dormimos cinco o seis en una tienda de campaña, y a cada rato alguien gritaba que sentía un tlacuache en los pies. Entonces todos gritaban, se levantaban, la casa de campaña se caía, nos reíamos, volvíamos a apuntalar la tiendita y nos volvíamos a acostar.
Por la mañana fuimos al estadio. Jerónimo entonces se convirtió en una especie de mascota para los huelguistas más bravos, miembros muchos de la Comisión de Seguridad, elegidos para resguardar las instalaciones.
Estaban preparando el Encuentro. Las puertas seguían cerradas. Pero, al ver a Jerónimo, decidieron que era necesario educar a los futuros activistas y de brazo en brazo lo pasaron por encima de una reja. Me dijeron: “nos vemos en la puerta tres” (o cuatro o cinco, no recuerdo). Mientras, Jerónimo bajó a la cancha de futbol, le enseñaron consignas de marchas, lo adoctrinaron acerca del movimiento estudiantil, le explicaron que ese movimiento era para futuros jóvenes como él.
El encuentro estudiantil estuvo más bien pinchurriento, aunque el CGH se colgó la medallita de haber convocado a 20 mil personas. Llegaron varias organizaciones, pero la famosa federación jamás logró concretarse del todo. Lo más relevante fue que algunos paristas se pintaron letras en las nalgas y formaron juntos una porra en el estadio.
Jerónimo llegó a casa y, no sé qué le contó a nuestro hermano Jorge, el mayor, y a sus amigos, pero todos querían ir a acampar a la huelga, cazar tlacuaches, tomar instalaciones y comer en la cafetería de Filos.
martes, 30 de agosto de 2005
Memorias de la huelga (la Comisión de Seguridad)
Los encontraron husmeando por la Facultad de Derecho. La huelga estaba avanzada. Quizá por el sexto o séptimo mes.
Eran porros. Estudiaban en Derecho. Estaban tomados. Andaban de bravucones. Los agarraron.
Por esas fechas, la paranoia al interior de Ciudad Univrsitaria, y en general de todas las escuelas, era enorme. Casi todas las noches se paseaban patrullas por las zonas más solas de CU: por el Centro Cultural, se metían al circuito derribando barricadas.
El comité de seguridad del CGH (principalmente conformado por estudiantes de Ingeniería y Trabajo Social) funcionaba de forma cada vez más eficiente: ya habían evitado intentos de violación y asaltos por desconocidos. Pero la paranoia y el odio aumentaban.
Incluso una vez, dicen, encontraron a un indigente que llevaba un gato muerto colgado del cuello. Tenía una fuerza descomunal, dicen. Cerró la puerta de CU --que generalmente cerraban entre cuatro-- el solo.
Ese día, tomaron a los porros y se los llevaron a uno de los "hongos", las casetas de seguridad que habían pertenecido a Auxilio UNAM. Los tuvieron ahí por unas horas (privación ilegal de la libertad, se podría decir). Tal vez dos, tal vez cuatro, tal vez más. Les dieron un "calentada", quizá unas cachetadas y una advertencia. Pero, quién sabe qué estaban haciendo los porros. Nunca denunciaron.
La toma de las casetas fue una experiencia fuerte. Al interior de una de ellas se encontró material de lo que se podría llamar "espionaje isntitucional", o simplemente, grabaciones de las cámaras de seguridad, expedientes de estudiantes y personajes "preocupantes" o con vínculos con grupos peculiares. Ese hallazgo disparó la paranoia y al mismo tiempo la necesidad de crear un bunker contra el exterior. El movimento se cerró al exterior, extinguiéndose en medio de la locura y por falta de oxígeno.
Al interior, en medio del caos, de la locura y de nueve meses sin ley, florecieron expresiones inéditas, tanto de organización social, como de supervivencia y arte. Pero nada de eso (lo bueno y lo malo) salió en la tele.
Eran porros. Estudiaban en Derecho. Estaban tomados. Andaban de bravucones. Los agarraron.
Por esas fechas, la paranoia al interior de Ciudad Univrsitaria, y en general de todas las escuelas, era enorme. Casi todas las noches se paseaban patrullas por las zonas más solas de CU: por el Centro Cultural, se metían al circuito derribando barricadas.
El comité de seguridad del CGH (principalmente conformado por estudiantes de Ingeniería y Trabajo Social) funcionaba de forma cada vez más eficiente: ya habían evitado intentos de violación y asaltos por desconocidos. Pero la paranoia y el odio aumentaban.
Incluso una vez, dicen, encontraron a un indigente que llevaba un gato muerto colgado del cuello. Tenía una fuerza descomunal, dicen. Cerró la puerta de CU --que generalmente cerraban entre cuatro-- el solo.
Ese día, tomaron a los porros y se los llevaron a uno de los "hongos", las casetas de seguridad que habían pertenecido a Auxilio UNAM. Los tuvieron ahí por unas horas (privación ilegal de la libertad, se podría decir). Tal vez dos, tal vez cuatro, tal vez más. Les dieron un "calentada", quizá unas cachetadas y una advertencia. Pero, quién sabe qué estaban haciendo los porros. Nunca denunciaron.
La toma de las casetas fue una experiencia fuerte. Al interior de una de ellas se encontró material de lo que se podría llamar "espionaje isntitucional", o simplemente, grabaciones de las cámaras de seguridad, expedientes de estudiantes y personajes "preocupantes" o con vínculos con grupos peculiares. Ese hallazgo disparó la paranoia y al mismo tiempo la necesidad de crear un bunker contra el exterior. El movimento se cerró al exterior, extinguiéndose en medio de la locura y por falta de oxígeno.
Al interior, en medio del caos, de la locura y de nueve meses sin ley, florecieron expresiones inéditas, tanto de organización social, como de supervivencia y arte. Pero nada de eso (lo bueno y lo malo) salió en la tele.
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