miércoles, 5 de septiembre de 2012

Insurgentes 300: infancia feliz


Cristina vivió en el “edificio Canadá” en los años ochenta, entonces era una niña. Siempre que pasábamos por ahí hablaba con nostalgia de cómo aprendió a patinar en los  oscuros pasillos que son las arterias de Insurgentes 300, esa mole que abarca una manzana completa y en las fotos panorámicas parece una ciudad pequeña, y que actualmente ha sido desalojado por el gobierno del Distrito Federal.

En los ochenta, ya eran pocas las familias que habitaban ahí, pero de alguna manera eran privilegiadas. Cuando las oficinas y negocios de la más variada índole cerraban (desde lectura del tarot, industria del sexo, hasta despachos legales), la mole y sus laberintos eran sólo para los habitantes. Los únicos cuatro niños que entonces ahí vivían exploraron juntos cada rincón: pasajes, azoteas, corredores secretos. Sólo cuidaban de no quedarse solos, la gente decía que el lugar estaba embrujado. No hubo infancia más feliz.

Ahí le tocó el terremoto del 85. Insurgentes 300 sobrevivió, pero a Cristina le bastó internarse un poco en la colonia Roma para ver los edificios derrumbados y oler la muerte. Al poco tiempo su familia se mudó al sur, en busca de tierra firme.

Cuando creció Cristina, otras razones la llevaron de regreso a Insurgentes 300. La base del edificio, cada vez más deteriorado y abandonado, albergaba diversos afterhours, que a mediados de los noventa ofrecían entretenimiento para trabajadores de antros:  cantineros, meseros, bailarinas, travestis, uno que otro sexoservidor. La fiesta iniciaba a partir de las 2 de la mañana, cuando cerraban los lugares convencionales, y duraba hasta el amanecer. Para el cambio de siglo, estos antros fueron invadidos también por estudiantes, bohemios, y aspirantes a artistas. La zona se volvió famosa por la facilidad para conseguir cocaína y otras drogas. Los establecimientos fueron clausurados y abiertos intermitentemente, según como se arreglaran con la autoridad. Cuando alguno estaba cerrado, sin embargo, los pasillos secretos permitían la entrada clandestina a una selecta y confiable clientela.

Ahora el edificio tiene unos 80 años. Protección Civil asegura que sufre daños estructurales irreparables. El valor de la zona se ha disparado en los últimos 10 años, dado que la Roma se ha “puesto de moda”. Cristina ahora vive lejos de la ciudad. Sólo atina a decir, con tristeza: “mi casita”.


*Columna Rendija publicada el 22 de agosto de 2012 en El Universal Gráfico.