viernes, 30 de diciembre de 2011

La muerte del chaneque




Gente del campo y la ciudad. Abogados y campesinos. Indígenas nahuas y mestizos universitarios. Todos tienen algo qué decir de los chaneques y los aluxes. Unos creen declaradamente; otros más creen... pero nomás poquito. Los más dirán que no creen, pero relatarán, con voz emocionada, alguna historia de primera, segunda o tercera mano, que “les consta” y no pueden explicar... Y, con amargura en la voz, acusan los viejos: los niños de hoy ya no creen en chaneques.

Sierra Negra de Puebla. Un universitario mira las cimas de los cerros elevarse triunfantes sobre la niebla. Se siente “como en la isla de King Kong”, dice. No es un lugar para científicos rabiosos. La montaña es cerrada, húmeda y fría. Exacerba los sentidos. Un grupo de espeleólogos lleva varios años explorando las cavernas de la zona: Los Chaneques, La Casa de Niebla, La Casa de Cristal, La Cueva de Agua y El Encanto. Geólogos, universitarios y espeleólogos despliegan el rigor técnico de sus mapas topográficos y mediciones del subsuelo. Pero el manto citadino no los protege del mito de los chaneques o “los innombrables”, como les dicen en Iztaxochitla.

En ocasiones —relatan uno, dos, tres universitarios— se han perdido a tres pasos de la vereda. Algunos dirán que son las condiciones climatológicas: con lluvia o neblina el paisaje se vuelve extraño. A veces no se alcanza a ver más de medio metro enfrente de uno. Pero la mayoría coincide: no sólo es eso. Porque, después de verse perdido por horas, alguno realizará el ritual que les mostró Juanita, una señora del lugar, para cuando hayan entrado a la dimensión de los chaneques y no puedan salir: una oración en nahua a “los innombrables”, y luego partir una hoja con un machete o navaja... el camino, dicen, se muestra de inmediato.

Arturo, un biólogo de 37 años, cuenta una historia más. No fue el protagonista, sino, asegura, testigo directo. Hace unos seis años, el 23 de diciembre, dos espeleólogos, Lorenzo y Gabriela, caminaban por la sierra. Iban a alcanzar a sus compañeros, que acampaban en el paraje El Chantoro, pero se proponían antes explorar una cueva llamada El Encanto. Antes de llegar a la comunidad más cercana, Iztaxochitla, se encontraron con unas señoras vestidas “de manera peculiar” —como citadinas, pues. Una de ellas le dijo a Lencho: “Yo a ti te conozco: te gusta visitar cuevas, pero en esta ocasión no vas a entrar. Ni te lo imagines que vas a entrar”. Lo mismo le dijeron a Gabriela.

Cuando llegaron a Iztaxochitla le contaron lo sucedido a Juanita. Ésta les dijo: “Yo que ustedes les hacía caso, porque esas mujeres son los enviados de ‘los innombrables’”. Gabriela y Lencho prosiguieron su camino. Llegaron al campamento al anochecer. Al día siguiente Gaby amaneció muy enferma; tanto, que no pudo ni salir de su tienda. Los demás comenzaron a prepararse para ingresar a El Encanto: casco, arnés, cabos de seguridad. Debajo del overol llevaban un traje de neopreno, ya que la cueva lleva mucha agua, y muy fría. Cuando comenzaron a descender, Lencho sintió un terrible dolor en el vientre. Como de apendicitis, pensó, consternado. Salió de inmediato. En cuanto se quitó el neopreno se dio cuenta de que una piedrita de carburo (el combustible que antes se utilizaba en las lámparas para cuevas) había caído entre el neopreno y su piel; con el sudor, el carburo hizo reacción y le quemó el vientre y parte del pecho.

Ni Gaby ni Lorenzo bajaron ese día a las cuevas. Entre los compañeros se cuestionaban, entre broma y no broma: ¿fue coincidencia o fueron los chaneques?

EL GRAN CHANEQUE
En 1897, el topógrafo Ismael Loya descubrió una gran estatua en la cima del volcán San Martín Pajapan, del sistema montañoso de los Tuxtlas, Veracruz; sobre ella, en 1968 el arqueólogo veracruzano Alfonso Medellín escribió que los indígenas popolucas y nahuas siempre supieron de su existencia, y que la “nombraban Chane, ‘el chaneque’ o nuestro ‘padre San Martín’ (...) algo que se respeta, se teme, se propicia y se venera”.

En los Tuxtlas la gente del campo relata cómo en los caminos solitarios, cerca de la laguna Encantada de la Cueva del Diablo, todavía se siguen escuchando las voces de niños pequeños. Pero no hay nadie. Son los chaneques, dicen. Elsa, instructora de yoga de 58 años, vive en Cancún, Quintana Roo, pero creció en Veracruz: Xalapa, Santiago y San Andrés Tuxtla. En su primera infancia vivió en el rancho Perseverancia, Loma Bonita (colindando con Oaxaca). Ahí, asegura, conoció un chaneque. Tendría unos cuatro años cuando, cuenta, hizo un amiguito. Era un hombrecito negro, del tamaño de ella misma, sin camisa y con pantalón azul. “Me platicaba que había personas que vivían debajo del agua”. Cuancuanco era su nombre.

Un día la mamá de Elsa se dio cuenta de esto y se lo platicó a su compadre, un señor de apellido Navarrete. “Esto es muy peligroso”, le dijo el señor, “porque los chaneques pierden a los niños”. La familia mandó traer un cura y fueron exorcizados el rancho, la casa señorial y los alrededores. Desde entonces, cuenta Elsa, no volvió a ver a Cuancuanco.

—¿Y los aluxes?

—Son iguales que los chaneques. Cuidan la milpa, pero también debes pedirles permiso para entrar al monte. Cuando acá (en la Península) se pierde una persona en el campo, antes de llamar a Protección Civil, la mayoría llama a un curandero para pedirle permiso a los aluxes de pasar a buscar. De otra forma, aunque esa persona esté enfrente de ti, no la podrás ver.

UNA TACITA DE CAFÉ
La señora Teresa es una abogada originaria del Distrito Federal (DF) que vivió varios años en Mérida. “En la zona maya, nadie duda de la existencia de los aluxes”, sentencia. “No importa la clase social a la que pertenezca la gente”. Del DF se llevó, entre otras cosas, un horno de microondas que “no funcionó cuando llegué a Mérida. Originalmente pensé que se había estropeado con el viaje. Así que lo regalé. Y un día, en un Carrefour, ofrecían unos hornitos de microondas y me compré uno. Llegué con mi nuera a la casa. Pusimos dos tazas de agua para hacernos un té y funcionó. Pero a la mañana siguiente ya no encendió. Lo regresamos a la tienda, pero ahí funcionaba perfectamente”.

Llamaron a un electricista. La instalación eléctrica de la casa estaba bien; el horno estaba bien. El electricista concluyó: son los aluxes. Recomendó a Teresa que se deshiciera del horno. Si los aluxes no quieren horno, mejor no tenerlo. Llamaron a un segundo electricista. Recomendó lo mismo. Teresa se deshizo del horno y no volvió a tener problemas. Fue muy feliz durante su estancia en Mérida, y su jardín siempre estuvo esplendoroso. Ya de regreso en el DF una vez compró una figurita de un aluxe en una feria: “Todos los días le sirvo una tacita de café. Y todos los días se evapora”.

BOSQUE AGONIZANTE
El historiador rumano Mircea Eliade escribió en El mito del eterno retorno (1951) que los mitos siguen vigentes porque en ellos el hombre repite el acto de fundación, elevándolo a acto cosmogónico mediante los ritos de los objetos venerados. Así, los mitos y leyendas populares —en este caso prehispánicas— no son sólo historias, sino que forman parte del cemento que cohesiona un pacto social y un elemento que lo renueva. La antropóloga Luisa Paré Ouellet y la bióloga Elena Lazos escribieron en el año 2000 el estudio Miradas indígenas sobre una naturaleza entristecida. Percepciones del deterioro ambiental entre nahuas del sur de Veracruz, donde concluyen que el mito de los chaneques controlaba socialmente el cuidado de los recursos naturales, los bosques y selvas, e imponía normas de sustentabilidad para los pobladores. “Estos duendes no sólo existen en los Tuxtlas, zona famosa por sus brujos y chaneques; son comunes a prácticamente todas las regiones boscosas de América Latina e incluso del mundo. Aparecen en muchas culturas bajo distintos nombres, con una heterogeneidad de formas y actitudes, pero todas sus expresiones nos reflejan parte del espíritu humano”. Pero “Ora ya nadie cree”, relata el testimonio de don Hilario, recopilado por las investigadoras. “Antes para agarrar agua había que pedir permiso. Sus dueños (en alusión a los chaneques) ya no quieren que mates animales. No puedes matar hembras, ni pequeñitos. Pobres venados, cómo se han acabado”.

Si bien los chaneques y los aluxes permanecen, algo se trastoca al desvanecerse las selvas y bosques que una vez protegieron: la Sierra Negra sufre un deterioro irreversible, y los ediles de la región han identificado como delitos más frecuentes el robo de vehículos y la tala clandestina. Los espeleólogos advierten de la tala sistemática de la sierra para la siembra de maíz, cultivo que deja yerma la tierra en una o dos temporadas.

En Los Tuxtlas está la selva húmeda localizada más al norte del continente americano. Desde 1980 la sierra de Santa Marta o de Soteapan —ahí donde reinaba en la cima del volcán el Gran Chaneque— fue declarada Zona de Protección Ambiental, y en 1998 fue reclasificada como reserva de la biósfera; sin embargo, la deforestación, debida sobre todo a actividades de ganadería, nunca se detuvo. Estudios de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) consideran que se ha perdido el 90 por ciento de las selvas y bosques de niebla de Los Tuxtlas. Y los núcleos de bosque que quedan se encuentran fragmentados: porciones de bosque aquí y allá divididas por pastizales. Esta fragmentación ha provocado la desaparición de unas 10 especies de anfibios y reptiles en los últimos 10 años, como lo anunció en abril pasado un comunicado de la UNAM. También ha desaparecido el jaguar, que no cuenta con el espacio necesario para sobrevivir: el Gran Chaneque que dejó de caminar su sierra.

CREENCIA QUE SE RECICLA
El antropólogo Elio Masferrer Kan es quizá uno de los más reconocidos expertos sobre antropología de las religiones. Es Presidente de la Asociación Latinoamericana para el Estudio de las Religiones, y de 1979 a 1984 ocupó el cargo de Investigador Asociado del Instituto Indigenista Interamericano, organismo especializado de la Organización de los Estados Americanos. Masferrer Kan relata que los chaneques tenían la función de cuidar el bosque, pero que ya no hay bosque, y entonces han pasado de ser protectores a ser figuras amenazantes. Lo mismo ha ocurrido con otro personaje de la sierra norte de Puebla: Juan del Bosque.

—¿Qué tipo de problemas conlleva esto?

—De tipo sociológico. Un personaje que antes se veía protector ahora es amenazante. Está molesto porque destruyeron el ecosistema que tenía que proteger. Lo mismo pasa con los nahuales. Hay algunos antropólogos que investigaron a los nahuales en la ciudad, donde también pasaron de ser figuras muy poderosas a ser muy amenazantes. Se encontraron relatos en las colonias populares que atribuían a los nahuales el robo de tubería, por ejemplo. Todo esto forma parte del proceso de reciclaje de los personajes.

—¿Por qué personas de la ciudad también relatan historias de chaneques?

—Lo que pasa es que muchas veces la gente puede tener determinadas creencias, pero no las quiere hacer explícitas. A un científico le dará pena creer en esas cosas, por lo que tendrá un comportamiento totalmente ambiguo. Pero son un conjunto de creencias compartidas por todos los mexicanos.

—Entonces ¿está vigente el mito del chaneque?

—Sí. Por supuesto. Y hay otros: los que se van de rodillas, pidiendo a la Virgen, o los que creen en San Judas Tadeo. La gente cree, y esto sigue regulando los comportamientos en el país. Hay un dicho popular que dice: “Las brujas no existen; pero de que las hay, las hay”.

LA CASA DE NIEBLA
Iztaxochitla, Sierra Negra de Puebla, abril de 2011. Édgar, Omar y Ulises, jóvenes universitarios, quieren explorar una cueva. La entrada (un hoyo que desemboca a lo desconocido) se encuentra junto a un cerro. Deben descender una suerte de rampa natural para acercarse a la entrada. La estrategia: colocar una cuerda para recorrer con seguridad la rampa y colocar una segunda cuerda para el tiro de la entrada. Mientras están colocando la cuerda de la rampa el cielo se nubla por completo y empieza a llover. Unos minutos después, a unos 30 metros de distancia, cae un árbol. El ruido los asusta. La lluvia los cala, la niebla desciende, todo el ambiente se enrarece, pero siguen trabajando. Omar conecta su descensor (comúnmente llamado “marimba”) a la cuerda y comienza a bajar por la rampa. Se está acercando al tiro de entrada cuando, a unos cuantos metros de él, se desgaja un pedazo del cerro y cae en la cueva. El ruido es ensordecedor. Omar relata: “Termina el bullicio, ¿sigo aquí? La conciencia vuelve, pero se va y da paso al pánico (...) Salgo como puedo, con lo que puedo...”.

Abandonaron la exploración. Conforme se fueron alejando del lugar, dicen, la lluvia cesó, salió el sol y vieron un arcoiris. Al día siguiente regresaron. Pudieron entrar. Nombraron al sitio “La Casa de Niebla”, porque la neblina desciende y parece ser tragada por la cueva. Cuando regresaron a Iztaxochitla, Juanita les dijo que lo que pasó fue que en las cuevas donde hay neblina viven “los innombrables”: los chaneques.

Lydiette Carrión

*Publicado en Milenio Semanal