viernes, 5 de diciembre de 2014

Ayotzinapa: estudiantes del campo y la ciudad

El país está en llamas. La emergencia ha obligado a que dos colosos se encuentren: el movimiento estudiantil universitario citadino y los normalistas rurales.

Un estudiante de física solía decir que, bajo la perspectiva de la cuarta dimensión, los seres vivos somos más como un gusano que se extiende y desarrolla desde el nacimiento hasta la muerte en el tiempo-espacio que recorre. No somos un cuerpo con piernas, cabeza y brazos, sino el continuum de nuestro cuerpo físico, trasladándose desde el lugar donde nacimos,  la casa, la escuela, los viajes, mientras crecemos, envejecemos, morimos. Somos  el bebé que llora en su cuna y el anciano que muere en su lecho; todos a un mismo tiempo y abarcando diversos espacios.

No sé hasta qué punto sea cierto lo que el estudiante decía. Pero la imagen puede ser útil para describir lo que llamamos el “movimiento estudiantil”. Al igual que con este hombre-gusano, el movimiento estudiantil -y hablo en particular del emanado de la Universidad Nacional Autónoma de México- está formado de un continuum de momentos, algunos esplendorosos y heroicos; otros más bien oscuros, envejecidos y retrógradas. El 68, el 86, el 99, el 2012 no son hechos aislados, por el contrario, son estampas,  fracciones de ese gusano, que no podemos ver con nuestros sentidos enfrascados tres dimensiones. Solo vemos instantáneas de un ser itinerante en el tiempo-espacio. El movimiento estudiantil es uno solo: Es, al mismo tiempo,  la Plaza de las Tres Culturas el 2 de octubre de 68. Es el estudiante que cierra por nueve meses la universidad. El que se asume como 132 y convoca a arder juntos, para iluminar la oscuridad.

El movimiento estudiantil citadino es emanado del 68. Por supuesto está basado en ideas que llamaremos  “revolucionarias”, impregnadas de cierto vanguardismo. Los activistas viven en la ciudad, la mayoría tienen resueltas la mayoría de las necesidades básicas. Su ideología es variopinta, y va desde  las socialdemocracia a la radicalidad. La mayoría ama al Ché Guevara, ama la revolución pero escucha música rock; respalda la democracia, y añora un posgrado en el extranjero. Percibe lejanas a su realidad las causas con las que simpatiza.

Pero hay otros movimientos estudiantiles; otros organismos–gusanos. Por ejemplo, está la Federación de Estudiantes Campesinos de México, la FECSM, compuesta por los normalistas rurales. Este gusano es ancestral, mucho más antiguo que el anterior. Las normales  rurales tienen una historia más vieja, más profunda, y más dolida. Se manifiesta en las consignas que lanzan sus estudiantes cuando marchan, en un tono gutural y ancestral. En esa forma ordenada y cetrina de marchar.

Las normales rurales son herencia de la Revolución Mexicana. A principios de los años veinte se les impulsó con el fin de formar maestros provenientes de los mismos campesinos. La normal rural Raúl Isidro Burgos comparte ese origen, y se fundó sobre las antiguas tierras de la hacienda de  Ayotzinapa (río de tortugas en nahua),  en la población de Tixtla, a 20 minutos de la capital del estado de Guerrero. Muy cerca de los poderes estatales, conserva todavía ese aire a campo.

Para 1935, con todo el empuje de las ideas socialistas del gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, estudiantes normalistas, maestros y directores de todo el país crearon la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, FECSM, que todos pronunciamos “Fecsum”.

Contrario al grueso del estudiante citadino, el normalista rural ha nacido en una comunidad marginada. Sus padres son campesinos. Los amigos con los que ha crecido en su mayoría ya no estudian. Ha experimentado de primera mano no poder satisfacer necesidades básicas. No tiene muchas elecciones: su familia no tiene dinero para enviarlo a estudiar al DF o a Guadalajara, mucho menos Monterrey. Es la normal o incorporarse al trabajo. Cuando ingresa a ésta, está obligado a afiliarse a la FECSM. La ideología entre los miembros no es diversa, por el contrario se busca unificar, formar. Pero el  normalista ama su escuela de forma brutal. Muchos repiten, convencidos: “Daría mi vida por ella”. La normal–madre. Gracias a ella viaja y conoce a normalistas de todos los rincones del país; y, más aún, le ha dado a la propia vida un sentido y valor del que carecía antes. El joven tiene ahora un propósito: la transformación de la sociedad.

En las normales rurales, por supuesto, aman al Ché Guevara. Pero tienen a sus propios héroes guerrilleros, antiguos normalistas como ellos. De Ayotzinapa egresó  Lucio Cabañas, quien murió perseguido por el Ejército en 1973, y también Genaro Vázquez.  Y es que la guerrilla vino de la mano con las normales rurales. Arturo Gámiz, ideólogo de la primera batalla guerrillera insurreccional  en México, el histórico y fallido asalto al Cuartel Madera, en 1965, también había estudiado en otra normal rural, la de Saucillo, Chihuahua.

Entre el movimiento estudiantil citadino y el rural siempre ha habido simpatía, pero el vínculo es endeble, coyuntural. Hay por supuesto solidaridad en momentos clave: en la huelga de la UNAM del 99; y pocos años después, cuando las autoridades del estado de  Hidalgo (entonces encabezadas por el actual secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong) cerraron la Normal de El Mexe.

Así, la efervescencia citadina, heroica, pero más cercana a los movimientos progresistas del llamado primer mundo es un movimiento estudiantil diferente del que se gesta en la conciencia de clase cultivada en las aulas rurales. Son dos gusanos que histórica convergen ahora. ¿Serán dos cauces que se vuelven uno?

Ahora está Ayotzinapa. Seis personas asesinadas por policías municipales. 43 normalistas víctimas de desaparición forzada. Dos meses de crisis nacional. Los ojos del mundo puestos en México. “Todos somos Ayotzinapa”, se lee en cada pared de cada escuela, en la calle, en las redes sociales, en otros puntos del mundo.




Los de Ayotzinapa  convocaron. El domingo 30 de noviembre, ahí en una cancha de la normal, bajo la sombra de enormes árboles, se realizó el primer Congreso Nacional de Estudiantes, para conformar la “Coordinadora Nacional de Estudiantes”. El objetivo es coordinar las movilizaciones de la mayor cantidad posible de escuelas de educación superior y media superior del país. No sólo respecto al caso de Ayotzinapa, sino debido a que en los últimos años, la violencia y la represión contra estudiantes ha estado al tiro.

Muchos estudiantes llegaron desde el día anterior. Dormitorios y salones recibieron a jóvenes provenientes de lugares remotos y disímbolos. Del orgulloso norte: Baja California, Ciudad Juárez, e incluso Durango. Los numerosos estudiantes del área metropolitana de la capital: El Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana, las prepas públicas de la capital,  la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. El sureste del país, Universidad Veracruzana, estudiantes chiapanecos; y por supuesto, universitarios de Guerrero. El Congreso contó con asistencia de 399 personas, representando a 62 escuelas a nivel nacional.

El Congreso en la cancha de basquet fue  el encontronazo visual del universitario del campo y el de la ciudad. Junto al cabello corto y semblante espartano de los normalistas, se paseaban las rastas, las expansiones en las orejas, los tatuajes, los cortes de cabello asimétricos de los jóvenes de ciudad. Los huaraches de trabajo junto a los tenis de marca. Los rostros redondos y chapeados por el sol, junto a la multivaria mezcla de colores y rasgos del mestizo citadino. Pero a todos los hermana ese airecillo primaveral que conservan los veinteañeros, el ceño que no ha conocido demasiado sufrimiento, la mirada brillante.


El campo llevó la batuta frente a la ciudad. Por lo general, los estudiantes de la UNAM acaparan los reflectores. Pero en este caso, la mesa del congreso estuvo compuesta por dos normalistas rurales, una estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de México (hecho inédito, ya que ésta no había tenido movilizaciones estudiantiles desde hacía unos 20 años) y una estudiante de la universidad Autónoma de Chapingo, escuela centenaria, también ligada a la tierra.

El Congreso aprobó un eje de trabajo muy similar al del movimiento estudiantil: educación pública, gratuita, científica y  “al servicio del pueblo”; el aumento al presupuesto a educación, una “lucha abierta y franca" contra la privatización de la educación.

Entre las discusiones, destacó que la forma de organización de “las escuelas del centro” -es decir, la UNAM- era diferente y conflictiva, frente a la disciplina de las normales. Se habló de la falta de tiempo, de que las vacaciones de Navidad están a la puerta y eso significa que las movilizaciones en el país bajarán. Se conformó finalmente la Coordinadora Nacional de Estudiantes.

¿Podrá realmente articularse el movimiento estudiantil de todo el país? ¿Podrá la emergencia económica y de violencia que azota a México desde hace años unir al campo y la ciudad? ¿Podrán los jóvenes de México dar un salto cualitativo y detener la barbarie que vivimos? ¿Serán los seis muertos del 26 de septiembre, y los 50 mil muertos de 2010 a la fecha, los 43 más los 20 mil desaparecidos, razón suficiente?

¿Serán dos uno?


La asamblea tuvo una rapidez récord: comenzó a la  1:37 de la tarde y terminó casi cuatro horas después: a 5:28. Algunos atribuyeron esta velocidad a que algunas corrientes y colectivos de la UNAM no estuvieron presentes. Cayó la noche. En el viejo casco de la hacienda resonaron consignas y porras a las escuelas: festivos los de la ciudad, profundos e inquietantes los del campo. Los 3 más 43 pupitres que se colocaron hace casi 2 meses brillaban con sus veladoras, las flores de cempasúchil ofrendadas marchitaban imperceptiblemente. Los pobladores de Tixtla, que quieren mucho a esa escuela, sirvieron, como todas las noches, un cena generosa: café y talludas. 

martes, 12 de noviembre de 2013

Crónica de una muerte encubierta




“Bien me lo decía Mari. Soy Rebe. Mari falleció el día de hoy”.

El mensaje llegó a las 10:52 de la noche del 18 de junio de 2013. Así, críptico y terrible, fue enviado desde el celular de su novia Maricarmen Estrada Tinoco, de 23 años, residente en la Colonia Lindavista, en Zapopan, Jalisco. Se encontraba  ahí porque estudiaba la carrera de ingeniería agrónoma. Le faltaba un mes y medio para titularse.

El novio reside en el Distrito Federal, la ciudad natal de Mari. Por lo que esa noche estaba muy lejos de ella. Marcó inmediatamente. La llamada no entró. No conocía formalmente a los padres, así que trató de comunicarse durante esa  noche y finalmente, tras un par de horas llamó a la familia.

Guadalupe y Alfredo, padres de Maricarmen, fueron despertados por esta noticia en su casa, en el Distrito Federal. Llamaron al hijo mayor, que reside en Jalisco–. Este había visto a Mari alrededor de las 8 de la noche de ese 18 de junio, cuando se reunieron.

Pero Mari no llegó a la escuela al día siguiente. Los amigos y profesores en la Universidad Autónoma de Guadalajara no sabían nada. Pasaron varios días sin que nadie les diera razón. Llegaron a Guadalajara el día 24 de junio. Fueron a casa de su hija directamente desde el aeropuerto.

Abrieron la puerta del departamento de Mari, en la colonia Lindavista. En la recámara el ventilador se hallaba prendido, la computadora sobre la cama, encendida, con el Facebook abierto, el bolso de la joven a un lado. Aparentemente, la noche de la desaparición, Mari sólo saldría un momento. En la casa sólo faltaban sus  llaves y  una tarjeta de débito –que no registró movimiento alguno–. Y la camioneta, una trade blazer 2002 color azul marino.

“Bien me lo decía Mari…”, probablemente resonó en la mente de los padres.

La familia interpuso la denuncia en la procuraduría tapatía. “Nunca hicieron nada”, se duele el padre de Maricarmen. “Todo lo que se investigó lo hice yo”.  

“Solicité que revisaran las cámaras de las calles por las que pudo haber pasado”, y “me dijo el policía: ‘¿para qué?, no se ve nada. Es una pérdida de tiempo. No se ve nada, está muy oscuro’”. Finalmente, un mes y medio después de la desaparición de Mari, les dieron los videos, lo que no arrojó resultados.

Gracias a que el teléfono (Telcel) estaba a nombre del padre, Alfredo Estrada, supieron que si bien fue apagado la noche del 18 –después de enviar el mensaje–, al siguiente día, alrededor de las 8 de la noche, alguien abonó 30 pesos al crédito y utilizó el internet hasta que agotó el crédito. La familia cree que utilizaron el GPS para acceder a los mapas de la ciudad. Sin embargo, hasta la fecha no han obtenido acceso a la sábana de llamadas, y las torretas de radiolocalización, ya que las autoridades tampoco la pidieron.

Durante casi cuatro  meses, los familiares trataron de plegarse a los tiempos de las  autoridades, después cansados de esta espera, decidieron publicitar su caso. Entonces, el 23 de octubre, las autoridades informaron  a la familia que había sido hallada la camioneta de su hija en una barranca del municipio de San Cristóbal la Barranca, a 40 minutos del departamento; el cadáver una mujer joven se hallaba adentro: se trataba de Mari, quien habría muerto el día que desapareció.

La versión que la policía dio a los medios de comunicación en Guadalajara es la siguiente: Maricarmen Estrada iba manejando cuando se pinchó o explotó una llanta, la joven perdió el control del vehículo y cayó al barranco. No había sido localizada porque el lugar de los hechos es despoblado. Se trató de un accidente. Por supuesto, los amigos y seres queridos de Mari no creen esta hipótesis. 


*Texto publicado en El Universal Gráfico el 12 de noviembre de 2013

martes, 5 de noviembre de 2013

Karina: la buscaron 26 días




Juan Manuel Martínez no quiere pronunciarse sobre las investigaciones policiales en torno a la desaparición de su hija Karina. Pero al final se le escapa una sola frase: “Intervinieron cuando la niña apareció.”

Esa frase, dicha con pena y luto, resume 26 días. Desde que el 3 de octubre, después de comer, Karina saliera de su hogar en la colonia Vistas del Pedregal y caminara cuadra y media para la pasar la tarde en casa de su amiga Ana, una joven de 21 años, y su bebita; después, al  filo de las siete de la noche, se dirigiera al café internet “Game Over”, un pequeño local sobre la angosta calle de Totolapan, y una vez que saliera de ahí no se la volviera a ver.

La frase engloba los siguientes días, cuando los padres fueron a CAPEA a reportar la desaparición y visitaron e interrogaron a las amigas de la niña, cuando tapizaron el barrio con volantes impresos con el rostro ancho e ingenuo de Karina y notaron que alguien los arrancaba por las noches. Cuando visitaron periódicos y revistas para difundir el caso y pedir ayuda en la búsqueda de la adolescente de 15 años cumplidos, que debía pasar tres extraordinarios para poder inscribirse al bachillerato y así regresar al estudio, la niña que había deseado mucho una fiesta de XV años, con baile, y vestido y todas esas cosas que acompañan la celebración de esa edad, pero debido a la situación económica que había golpeado a su familia tuvo que conformarse con esperar tiempos mejores. La frase abarca la espera burocrática  de una, dos semanas y luego tres semanas, para tramitar la información necesaria del celular que llevaba Karina: teléfonos marcados, mensajes, torre de localización. Y la frase abarca también la falta de pistas e indicios: la ausencia de cámaras de seguridad en la cuadra y media en la que desapareció una adolescente de 15 años, entre las 7 y 9 de la noche del 3 de octubre.

Resume el mediodía del 29 de octubre de 2013, cuando alguna autoridad llamó al teléfono fijo proporcionado por la familia: un número que comparte con otros vecinos. Habían llamado para informar sobre un hallazgo en el paraje 38 de Tlalpan, a 3.5 kilómetros de distancia del hogar familiar, que se cubre en 8 minutos en auto sin tráfico o 45 minutos a pie. El mencionado hallazgo se encontraba junto a la ciclopista, una ruta divertida para andar en bicicleta, aunque los usuarios se han quejado constantemente de los asaltos. Muy cerca de la carretera Picacho Ajusco, esa autopista panorámica, rodeada de bosques, pinos y prados, pero donde es frecuente que criminales avienten cadáveres, debido a que la impunidad es cobijada por el despoblado y la fauna del lugar. Ese mediodía del 29 de octubre, la autoridad refirió que ahí había sido hallado el cuerpo desmembrado de una joven con la misma ropa que llevara Karina: sudadera negra con franjas rosas, tenis, calcetas.


–Intervinieron cuando la niña apareció.– La frase resuena como un eco, con la voz seca y de luto del padre de Karina.

Se calcula que a mediados de esta semana, estarán terminados los estudios para determinar si efectivamente se trata de Karina. Hasta la fecha no hay líneas de investigación sobre quién o quiénes se la llevaron. “No hay sospechosos. No nos dicen nada”.

Ahora, la familia tiene otra espera: la de los resultados. La del luto. Y la de justicia. 


*Texto publicado en El Universal Gráfico el 5 de noviembre de 2013. 


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Sin rastro de Karina, tras visitar a su amiga

Durante septiembre, Karina Martínez Ruiz, de 15 años, la pasó estudiando para presentar tres materias que quedó a deber en la secundaria: inglés, danza y otra asignatura más que la madre, Gloria Ruiz, no recuerda. Quería entrar al bachillerato, pero  la adolescente debía esperar en casa hasta que comenzara  el siguiente ciclo escolar.
Había sido un año difícil; además de los extraordinarios, no tuvo fiesta de XV años porque la situación económica en casa no lo permitió, así que sus padres le prometieron algo especial para cuando cumpliera 16. Sólo le quedaba esperar para retomar  la escuela y organizar el festejo.
Mientras esto se concretaban, durante las tardes Karina visitaba a su vecina Ana, una joven de 21 años, mamá primeriza de una bebé de año y medio.
Fuera de visitar a Ana, Karina no salía mucho. Es más bien tímida y no le gustan las multitudes: incluso prefiere no ir a la tienda cuando está llena de muchachos. Pero recientemente había sacado su cuenta de Facebook y en ocasiones iba al café internet.
El jueves 3 de octubre, Karina se preparó un huevo a la mexicana para comer y después pidió permiso a su madre de ir con Ana. A las 2:30 de la tarde salió de casa, caminó unos pasos hasta la avenida Totolapan, en Vistas del Pedregal, una colonia popular en la delegación Tlalpan, encaramada ya en las faldas del cerro. De hecho, desde algunas partes es posible ver el sur de la ciudad, en aquellos días en los que la contaminación lo permite.
ANA  NO LA PUDO ENCAMINAR
Karina bajó por un andador lleno de árboles hasta la calle de su amiga, quien la recibió con la bebé. Esa tarde la pasaron jugando con la niña. Conforme se hizo tarde, Ana tuvo que ponerse a lavar la ropa y a preparar la cena de la familia. Karina se alistó para irse.
Por lo general, Ana acompaña a su amiga hasta su calle, pero en esta ocasión, entre la cena y la ropa, ya no la pudo encaminar. Pero todavía no estaba oscuro por completo, así que no le preocupó que el farol del andador estuviera fundido. Pasadas las siete de la noche, la adolescente se despidió e inició el regreso a casa.
BÚSQUEDA EN VANO
La señora Gloria llegó a casa hasta las 8 de la noche. Había salido para recoger en la secundaria a otro de sus hijos. Cuando se percató de que Karina no estaba, pensó que seguía con Ana. No marcó al celular de su hija; prefirió bajar hasta la casa de la amiga. Fue hasta entonces que se enteró que Karina había salido una hora antes. La buscó en el café internet, no estaba; la llamó al celular, pero estaba apagado; la buscó con las amigas de la secundaria, pero fue en vano.
Al día siguiente la señora Gloria y su esposo, Juan Manuel Martínez, interpusieron una denuncia en CAPEA. En la colonia Vistas del Pedregal no hay una sola de las 13 mil cámaras que vigilan las calles de la ciudad de México.
La familia de Karina ha colocado volantes en la colonia; aunque muchas veces los arrancan. Entre tíos y primos se han cooperado para mandar hacer unas lonas con la fotografía de Karina. Hasta la fecha las autoridades no han tramitado la sábana de llamadas del celular de Karina, el cual se encuentra apagado desde el 3 de octubre.
De acuerdo con una nota del portal periodístico Animal Político, casi 4 mil personas han sido reportadas como desaparecidas en el DF, pero únicamente 44% regresa a casa.
Recientemente la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal emitió una recomendación en la que enfatizó que en la ciudad no se han implementado protocolos de búsqueda adecuados en el caso de extravío y desaparición de personas.

Publicado en El Universal Gráfico el 29 de octubre de 2013. 

miércoles, 23 de octubre de 2013

La tierra de las desapariciones

Es una imagen hecha a mano, en la que registro seis casos de desapariciones de adolescentes en el corredor de Ecatepec, Santa María Chiconautla y Ojo de Agua. Creo que la imagen ilustra un patrón de posibles levantones, enganchamientos de jovencitas, cercanos a los corredores que, se ha identificado, utilizan las bandas de tratantes.

A 8 meses del secuestro de Arisbeth

Han pasado ocho meses desde que Arisbeth Sánchez Izalde, de 15 años, fuera privada de su libertad a punta de pistola. Este fue el caso que puso en alerta roja a los pobladores de Santa María Chiconautla y alrededores, en el estado de México, sobre las desapariciones de adolescentes y mujeres jóvenes, y ocasionó que en su momento, casi lincharan a un ladrón.
El 25 de febrero, pasadas las 6:00 de la tarde, Arisbeth y su hermanito salieron rumbo a la tienda y caminaron hasta la calle Álvaro Obregón. En el entronque con la calle Miguel Hidalgo se les emparejó una camioneta tipo Windstar verde. Un hombre gordo, moreno, con el pelo cortado tipo militar —de entre 30 y 40 años— los subió a ambos a punta de pistola.
Durante una hora los “paseó”. Callejoneó hasta llegar a Circuito Cuauhtémoc. Dobló entre calles un poco más y luego tomó la carretera libre México-Pachuca. Finalmente, esposó a Arisbeth, callejoneó por Ojo de Agua y bajó al hermanito en una calle desolada.
A ocho meses, Víctor Sánchez Franco, padre de Arisbeth, acompaña a los agentes de la PGR a un recorrido, para ubicar cámaras que pudieron haber registrado el paso de la Windstar. “Aunque ha pasado ya tiempo, quieren ver si todavía se puede rescatar un poquito de evidencia”. Él explica que han perdido cualquier patrimonio buscando a su hija. “Pero es lo de menos, vamos a seguir buscándola”. Actualmente, ha surgido una nueva línea de investigación y tienen la esperanza de que los lleve al paradero de su pequeña.
Vinculan casos
En febrero, un día después de que se diera a conocer el caso de Arisbeth, pobladores de Santa María Chiconautla detuvieron a un joven y lo acusaron de estar involucrado en el caso de las desapariciones de mujeres jóvenes.
“No tenía relación. Había robado el celular a una niña y como el pueblo estaba caliente, ahora sí que no buscaron quién la debía, sino quién la pagara”, explica el padre.
Las autoridades han vinculado el caso de Arisbeth con las desapariciones de otras dos jovencitas: Lucía Joselín Robles Sánchez, estudiante que fue vista por última vez el 5 de febrero del mismo año, cuando tenía 17 años, en la estación del Mexibús Las Torres, y Yenifer Velázquez Navarro, de 16 años, quien salió de casa con rumbo a su iglesia en Ojo de Agua, Tecámac, el 4 de diciembre de 2012. Los tres casos están en SEIDO. Únicamente los padres de Arisbeth no han recibido llamadas de extorsión.
Pero en el municipio de Ecatepec, en las colonias populares cercanas a las diversas autopistas y carreteras secundarias, desde 2012 han desaparecido al menos otras tres adolescentes entre los 13 y 17 años. De ninguna se sabe el paradero hasta ahora. El caso más antiguo registrado es el de Luz del Carmen Miranda González, quien tenía 13 años al momento de desaparecer desde el interior de su domicilio en la colonia Jardines de Morelos, dejando la televisión encendida y la puerta de su casa abierta. Las investigaciones llegaron hasta unas llamadas en Hidalgo y luego el rastro se esfumó.
El 8 de agosto de este año, Luz María Jiménez, de 14 años, salió a la farmacia, también en Jardines de Morelos; en casa, la tía abuela preparaba la comida para que ambas comieran. Pero la niña ya no regresó. Finalmente, en septiembre pasado, Diana Angélica Castañeda, de 14 años, salió de su casa en la tercera sección de los Héroes Ecatepec, rumbo a una tardeada en la quinta sección y jamás llegó a su destino.
Los padres de Arisbeth muestran las fotos de su hija: las de la graduación de la primaria, la niña sonriente, en un vestido azul, algunas imágenes familiares, la foto original que ahora circula en los carteles de recompensa: Arisbeth mirando hacia un lado, con el suéter a rayas con el que desapareció.

miércoles, 3 de julio de 2013

Gatsby narco





Lydiette Carrión


Reconocimiento social, burlar el destino al que pareciera condenarnos nuestro nacimiento, son potentes motores para que un muchacho decida apostar por el crimen.

Esta premisa se encuentra en la literatura. Por ejemplo, en Madame Bovary (1856) –de Flaubert–una joven burguesa bonita vive atormentada porque jamás será aristócrata.

En El Gran Gatsby (1925), de F. Scott Fitzgerald, y actualmente en boga por la película del mismo nombre, en aras de estatus, Jay organiza fiestas de miedo en su ostentosa mansión.

A las fiestas todos van: la élite de Nueva York, los artistas, etcétera. Y todos se preguntan: ¿quién es Gatsby?, ¿de dónde saca el dinero? La sociedad tolera el delito, siempre y cuando Gatsby siga dando lujo  a manos llenas.

Actualmente, las mafias mexicanas (desde el narcomenudeo de barrio hasta los cárteles más sádicos) se nutren de adolescentes y jóvenes. Necesitan carne de cañón. Y ésta es atraída con el mismo mecanismo descrito en Gatsby: la necesidad de escalar socialmente, de ser reconocido, de tener cierto estatus.

La desazón que empuja a los jóvenes es estimulada por nuestra sociedad, estratificada, discriminadora, racista,. Y es que el racismo tiene una función para los grupos de poder: mantener el control, dividir a la gente, entretenerla en luchas vanas.

Entra en juego la pésima educación pública (lo que hace una brecha enorme entre pobres y ricos al momento de acceder a la educación superior); nuestro arraigado racismo contra nosotros mismos, que se manifiesta en expresiones como: “pinche indio”, “es un naco” o “está muy paisana”.

En Madame Bovary y en Gatsby, la moraleja es la misma. Al final, tras profundos esfuerzos por encajar, ambos personajes mueren solos y abandonados por la sociedad que trataron de impresionar. Cuando se acaba el dinero, Bovary y Gatsby son desechados y repudiados.

Lo mismo ocurre con los niños sicarios, por cierto.

La solución a esta sociedad estratificada y racista es transformarla: oportunidades de genuina educación y desarrollo para todos, reivindicar nuestros orígenes y cultura. Sólo así le ganaremos al crimen organizado, a los enganchadores de gatsbys.

Glosario de supervivencia

Consternación chilanga: Años ya que el país estaba en llamas. Pero el chilango despertó cuando el crimen abofeteó a la “Condesa”. 

**Publicado en el Universal Gráfico el 3 de julio de 2013.