lunes, 25 de junio de 2012

Jenifer, una pista que se enfría




Lydiette Carrión

Jenifer y su hermanito caminaron las pocas cuadras que separan la  casa de su abuela de la guardería. A las 11:30 de la mañana estaban a  la puerta del lugar, la adolescente de 15 años se despidió del pequeño y de las educadoras, quienes la vieron regresar por donde vino. Fueron ellas quienes describieron la ropa que llevaba: un pantalón de mezclilla, blusa azul cielo, chanclitas negras, ya que esa fue la última vez que alguien la vio. Jenifer no llegó a su casa, algo le pasó en un trayecto de no más de cinco minutos a pie. Era el 11 de enero de 2012, cuando se desvaneció en la colonia Rinconada del Molino, delegación Iztapalapa, Distrito Federal.

Pasaron horas antes de que alguien se diera cuenta de la desaparición de Jenifer. Su mamá, María Eugenia, estuvo trabajando ajena a lo que ocurría, hasta que, por la tarde, la llamó para decirle que pasaría por ella a la secundaria. Aunque al principio entraba la llamada al celular, Jenifer no contestó, y tras varios intentos, alguien apagó el celular. Entonces María Eugenia llamó a las oficinas de la secundaria a la que asistía y preguntó por su hija; le dijeron que no había ido a clases. La madre regresó a casa y ahí encontró intactos el uniforme y la mochila de su hija. Jenifer nunca había regresado de dejar a su hermanito.

La familia de Jenifer comenzó a buscarla con sus amigos, sus conocidos y su familia. No dieron aviso a las autoridades inmediatamente, sino  hasta el 17 de enero, cuando uno de sus tíos se presentó al Centro de Apoyo para Personas Extraviadas y Ausentes (CAPEA). De ahí lo canalizaron a la procuraduría. La denuncia fue interpuesta casi una semana después. Había pasado mucho tiempo. Para entonces, el teléfono de Jenifer, que tenía un número de Zihuatanejo (porque fue un regalo que su padre le trajo de un viaje), estaba apagado. No fue posible hallar rastro alguno durante todo enero.

MENSAJES INQUIETANTES

A mediados de febrero, alguien encendió el teléfono de Jenifer durante unos 20 días. Su madre la llamó sin descanso; pero nadie atendía las llamadas; sólo en una ocasión le enviaron un mensaje de texto en el que advertían que dejaran de llamar a ese número. María Eugenia siguió abonando crédito al celular, en caso de que Jenifer lo tuviera y pudiera comunicarse.

“Cuando estuvo prendido el celular fui a CAPEA y les informé. Pero  me dijeron ‘es que se debió haber ido con el novio’. Pero mi hija no tenía novio”, dice la madre, enfadada.
La familia contrató a un investigador privado para conseguir el registro de llamadas del celular de Jenifer. Consiguieron la información un poco antes de que lo hiciera la procuraduría del Distrito Federal. Hallaron un comportamiento extraño: sólo salían y entraban mensajes de texto hacia números de diferentes estados del país: Puebla, Sinaloa, entre varios.

Las autoridades del DF han pedido la colaboración con la Policía Federal. Pero, cada vez que María Eugenia les pregunta cuándo actuarán, responden que están esperando unos oficios de los federales. Y en esa espera ha pasado casi un mes y medio. Mientras, la pista se enfría y el expediente de Jenifer se engrosa sólo de oficios burocráticos; si bien no existen diligencias. “El expediente de mi hija ya está bien grande, de tantos oficios que mandan. Pero en realidad no hay nada”, explica la madre, desalentada.


Texto publicado el 5 de junio de 2012 en El Universal Gráfico