martes, 16 de febrero de 2010

La bruja rusa del desierto

Era finales de los años noventa. Era la primera vez que tenía oportunidad de explorar un país diferente al mío, con calma: conocer la lengua, las formas, los usos y costumbres. Estaba en Arizona, bajo el sol asesino del desierto.

Tomaba clases de inglés en Pimma Community College. Era finales del verano ardiente, y mi salón estaba compuesto, en su mayoría, de estudiantes mexicanos del norte del país, quienes acostumbran estudiar un par de años en Estados Unidos y conocer el idioma.

Una primera minoría estaba compuesta por jóvenes provenientes de Asia, en particular de China; pero había vietnamitas, coreanos. Y el grupo más pequeño lo conformaban cuatro mujeres rusas, de entre cincuenta y sesenta años, quienes habían llegado a Estados Unidos recientemente.

Como se observa en los estudios del melting pot estadunidense, los asiáticos se hacían amigos de los asiáticos; los mexicanos de los mexicanos, y las rusas, pues convivían entre sí. No había mucho contacto entre los grupos, más que de forma periférica.

En general, el grupo de mexicanos se refería a las rusas como “las brujas”. Encontraban fuera de lugar sus joyas antiguas, elegantes y pesadas, sus ámbares; el sonido delicado y complejo de su lengua. A los mexicanos les incomodaba por supuesto su vejez, enquistada en medio del sueño americano barato del community college.

En la clase de Intermediate Reading, cada alumno debía terminar un libro en inglés en el original y exponer una reseña ante la clase. La mayoría hacía trampa. Total, acreditar el idioma era para muchos una forma de conseguir un mejor trabajo. Para otros, era un requisito antes de entrar a la universidad. Las señoras rusas no fueron la excepción. Una de ellas eligió leer a Tolstoi en inglés.

La mujer, de quien no recuerdo el nombre, se postró con su chal, sus ámbares y su copia usada de Tolstoi (no recuerdo qué novela era) en inglés ante la clase.

Comenzó su exposición y se trabó. No supo cómo explicar la trama. Mientras, los mexicanos seguían hablando en español, a pesar de que la maestra suplicaba que durante la clase sólo se hablara en inglés y de este modo nadie se sintiera excluido.

Las mexicanas murmuraban lo que todos ya sabían: la mujer había leído el libro en ruso, no en inglés.

Después de intentar explicar la trama por un rato y de haber sido cuestionada por la maestra, la mujer se dio por vencida y por primera vez la escuché con un fluido inglés: explicó que extrañaba profundamente su tierra, pero que de ella no quedaba nada y había tenido que emigrar, a pesar de su edad, a un lugar desconocido y caluroso como Arizona. Que había leído a Tolstoi en su juventud y que las novelas modernas no tenían comparación con la profundidad de la novela rusa. Que se sentía perdida y sin patria en medio de ese desierto, en donde no conocía a nadie, mientras sabía que el país que la había visto nacer se caía en ruinas. Que extrañaba la nieve y en su lugar sólo había arena de un desierto infernal. Se sentó.

Los mexicanos siguieron llamándola bruja. Parece que no les importó el drama humano que nos compartía. Por su parte, la maestra hizo de la vista gorda y la aprobó. Yo me odié desde entonces por no haber superado a mi grupo, y haberme acercado a esa mujer, para que me platicara de su tierra lejana de noches blancas y blancas nieves.

(Las historias más complejas siempre rebasan la inmediatez de la nota. Y las historias más profundas no son las de primera plana; porque la capacidad de hacer vibrar el alma está reservada a otros alientos, y no los de la estridencia.)