miércoles, 5 de septiembre de 2012

Secuestro por partida doble



Era una fiesta entre familiares: primos, tíos, amigos cercanos. Así que los padres de Anayeli Garduño Tenorio, que entonces tenía 15 años, y de su primo Cesar Garduño Becerra, de 13, les dieron permiso.

El evento tenía lugar en la pequeña comunidad de Minita del Cedro, municipio de San José del Rincón, Estado de México. Era el 15 de marzo de 2008. El baile se desarrolló en un rancho. Entre las 11 y las 11:30 de la noche, otra prima dijo que estaba cansada y que se quería ir. César tomó el coche, porque ya sabía manejar en terracería, y junto con Anayeli, le dieron un aventón.  La dejaron en la puerta de su casa, y ella miró cómo se alejaban. Fue la última persona que los vio.

Se sabe que regresaron  al lugar de la fiesta, porque el coche quedó estacionado en el mismo sitio de donde lo habían tomado. Pero en el trayecto a pie desde el auto al baile–un tramo solitario, oscuro y lleno de árboles– algo pasó.

Alrededor de las 12  de la noche, el padre de Anayeli recibió una llamada: tenían secuestrada a su hija, y si la querían volver a ver, deberían juntar 50 mil pesos y llevar el dinero a cierto  tramo de la carretera México-Querétaro, a las seis de la mañana.

Media hora después, la propia Anayeli llamó al celular del padre de César, que en ese momento dormía junto a su esposa, en su hogar de Valle de Chalco . Le dijo: “por favor, tío, háblale a mi papá, porque se nos ponchó una llanta”. Llamaron. Contestó la mamá de Anayeli. Dijo que todo estaba bien y que ellos se harían cargo.

Pero Araceli Becerra, madre de César, se desconcertó: su hijo sabía cambiar neumáticos. Algo no estaba bien. Marcaron de nuevo. Esta vez contestó el padre de Anayeli y le dijo a su hermano: “Mira, carnal, no sé si es una broma, pero dicen que tienen secuestrada a Anayeli”.

Los padres de César salieron inmediatamente rumbo  Minita del Cedro.

Esa madrugada fue interminable. Toda la familia se movilizó para conseguir el dinero del rescate. Pero también las cosas se estaban dando de manera inusual: mientras el celular de César estaba apagado y los secuestradores no habían exigido rescate por él, Anayeli en cambio, contestaba personalmente su teléfono.

Para las 4:00 am, cuando los padres ya se dirigían  al punto de reunión, recuerda la madre de César, Anayeli contestó  el teléfono a sus tíos en dos ocasiones. Repetía lo mismo: el dinero del rescate. En la línea se escuchaba otra voz, que le ordenaba lo que tenía que decidir. Cuando se le preguntaba por César, parecía que le arrebataban el teléfono y colgaban, o decía que lo tenían amarrado, que no estaba ahí.

A las seis de la mañana la familia estaba en el lugar indicado por los secuestradores. Pero nadie más llegó. Han pasado más de cuatro años. No se conoce el paradero de Anayeli o de César.

Tiempo después, los registros revelarían que las llamadas realizadas o recibidas desde el celular de Anayeli esa madrugada fueron hechas en los alrededores de Minita del Cedro. Se presume que ni ella ni César se movieron de la zona durante todo el transcurso del 15 y 16 de marzo de 2008.

El primer año  de la búsqueda fue pura extorsión para los padres de ambos primos. El dinero del rescate, y mucho más, se fue en pagar a los policías. Después de que los judiciales a cargo se dieron cuenta de que ya no había más dinero, abandonaron el caso. Pero Araceli, madre de César continúa en la búsqueda. Le ha costado caro. Ha decidido sacar a sus otros hijos de la región, por seguridad, ha sufrido problemas de salud, debido a la presión, pero, asegura no dejará de indagar qué fue lo que pasó esa noche.

*Publicado el 13 de agosto de 2012 en El Universal Gráfico.