domingo, 23 de mayo de 2010

Vampiria y libros





El blog está medio abandonado. En parte, la culpa la tienen los vampiros. Este sábado, en la Casa del Escritor, en la ciudad de Puebla, se presentó la subcolección Del Otro Lado, de la editorial independiente argentina, Adriana Hidalgo.

Licantropía (que me muero por leer) y Asesinos fueron comentados por el escritor chilango-tlaxcalteca Iván Farías. Fantasmagoria, por el poblano Alejandro Badillo.

Me tocó presentar Vampiria, una antología de cuentos y relatos de vampiros del siglo XIX y hasta los años veinte del siglo XX.

Aprendí además un montón de cosas interesantes sobre editoriales y distribuidoras independientes. En las oficinas de la distribuidora Akrópolys, me dieron un tour por su bodega. Akrópolys le apuesta a ediciones revisadas y minuciosas de libros clásicos o en camino de serlo; o a los llamados escritores de culto.

No hay bestsellers, sino autores probados. Fue como un viaje al país de las maravillas. Salí con un regalo precioso: una edición (que no ha llegado muchas veces a México y apenas llegó a Latinoamérica en los años ochenta) de un relato de Freud sobre el caso de una aparente posesión del siglo XVII y diseccionado a partir del sicoanálisis.

Los de Akróplys me enseñaron a fijarme en las ediciones y las traducciones. No es lo mismo una traducción más o menos ascética, a leer a Bukowksy, a través de las traducciones gachupinas de Anagrama (siempre me sonó raro leer a Bukowksy decir, por ejemplo, que se echó un polvo).

Aporto la reseñita que hice (una versión más larga de la que leí) para aquellos amantes del romanticismo, de los sobrenatural y de los chupasangres. Porque, como dice ETA Hoffman, frente a la miseria de la realidad, esa que de verdad destruye la esperanza y la ensombrece, el horror ficticio y sobrenatural no hace sino pintar con alegres colores. Seamos, pues, terroríficos.



Vampiria relata a través de narraciones, el paso del vampiro por el siglo XIX.

El vampiro, nuestro personaje literario, nace la misma noche que Frankenstein, junto al lago de Ginebra, el 17 de junio de 1816.

Se encuentran reunidos, entre otros, Percy y Mary Shelley, Lord Byron y su médico, John William Polidori, de quien Byron se burla constantemente: desprecia sus poemas, lo ningunea, e incluso lo apoda Polly-Dolly.

Esa noche, Byron propone que cada uno de los presentes escriba una historia de fantasmas.

Mary Shelley, cumple el desafío y crea Frankenstein o el moderno Prometeo.

Polidori no logra escribir nada. Pero tiempo después este médico aprendiz de poeta decide retomar la historia que Byron había dejado inconclusa esa noche y le da un giro vampírico. Creó al maligno Lord Ruthven, vampiro con las características y algunos aspectos biográficos de Lord Byron: depravado, inmoral, seductor.

Ruthven fue a la vez un homenaje y una venganza contra Byron.

El cuento fue publicado en 1819 bajo el nombre: El vampiro, una historia por el honorable y correcto Lord Byron.

La historia de Ruthven el vampiro viajó por Europa y fue un éxito.
Por lo que al célebre Lord Byron le debemos mucho. No fue sólo escritor de vampiros, sino la musa que inspiró a Polidori.

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Pero el vampiro no quedó estático. No se conformó solamente con ser un personaje contenido en los límites del perverso Lord Ruthven. Casi inmediatamente, surgen versiones femeninas, que llenan los espacios que la rígida moral de entonces sólo dejaba para la fantasía.

En 1823, Ernst Raupach publica “Dejad a los muertos en paz”, en donde conocemos la historia de la joven Brunilda, quien muere en la flor de la vida y deja a su esposo Walter sumido en la tristeza… “aunque no tanto; pues el dolor que sufrió fue pasajero” y casi inmediatamente de haber enviudado se casa con otra mujer, Swanilda, la antítesis de la esposa muerta. Mientras Brunilda era voluptuosa, de cabello oscuro y belleza profunda, Swanilda es rubia, delicada, tibia.

Walter se aburre. Por las noches visita la tumba de Brunilda, y se lamenta.

Un hechicero, que ve estas escenas, lo previene: deja a los muertos en paz, le dice. Pero, de forma inexplicable también aclara, que si de verdad quiere a Brunilda de vuelta, regrese a la siguiente noche. Finalmente, el hechicero le cumple su deseo y le regresa a su Brunilda.


Este relato, cargado de ironía, describe sin censura la relación entre el vampiro y el sexo: Brunilda despide un vago aroma de violetas –único vestigio de origen de ultratumba--y de mujer; en su presencia, adormece y transporta a sus víctimas a paraísos de ensoñación; drena sus vidas mientras ellos están ausentemente gozosos; como en un viaje de opio.

Y son esos sueños artificiales y mortales una de las características de los vampiros románticos.

El vampiro, sea hombre o mujer, parasita y otorga con su regalo de muerte visiones de paisajes exóticos, somnolencia, pesadillas irresistibles.

La ensoñación está presente en Carmilla, la vampiro lesbiana, y que define que para el vampiro, la relación con algunas de sus víctimas son como las de un amante. Carmilla se empeña en seducir y drenar poquito a poco a las doncellas que escoge, y las envuelve de tal forma que pareciera que sus víctimas han accedido a servir de alimento.

La misma ensoñación está en la historia de Clarimonda, que al vampirizar a su víctima la hace vivir dos vidas: una en vigilia, en la que es un religioso atormentado, y otra en sueños donde es su célebre amante.

Esta cualidad hipnótica y opiácea se halla también en Lila, la vampira que crea Paul Féval.

Lila, la de la cabellera cambiante, da de beber a su amante un vino que lo adormece y lo lleva intermitentemente de la ensoñación a la pesadilla hasta el amanecer.

En el personaje de Lila, también se establece con claridad lo que todos intuyen y nadie se atreve a admitir: el vampiro no puede mentir respecto a su condición y nadie puede ser vampirizado contra su voluntad. No hay víctimas inocentes.

¿Y por qué seduce?

El héroe y víctima de la vampira de Féval reconoce que es el la doble cualidad de atracción y repulsión lo que vuelve irresistible Lila.


Pero hay también otro arquetipo de vampiro, uno que no es bello: aquel de dientes afilados, uñas largas, aspecto cadavérico que sería adaptado al cine –primero en el expresionismo alemán de los años veinte, y luego en Hollywood—.

Se lo debemos a James Malcolm Rymer, escribano a sueldo que en algún sótano de Londres, junto a otro maquilador de la pluma, escribían día y noche los llamados Pennydreadfuls, folletines llenos de historias macabras, bandidos o piratas, que constituían uno de los pocos entretenimientos de la naciente clase obrera inglesa, y que serían el equivalente del libro vaquero de nuestros días.

En esos sótanos, Rymer publicaría en 1845 Varney, el vampiro; o el festín de la sangre, un ser que se introduce a las alcobas de doncellas somnolientas, y las devora a partir de su fuerza.


Pero frente a esta la ola vampírica desenfrenada en Europa occidental, Alexei Tolstoi –un primo lejano del célebre León Tolstoi-- escribe el relato Upires en 1841, y aclara, en voz de uno de sus personajes, que no tiene por qué utilizar la palabra “vampiros”, una latinización de la denominación rusa, upires. Y es que, como todos saben, estas criaturas provienen de los países eslavos, aunque se hayan extendido por el resto de Europa.

En Upires, Alexei nos advierte que reconocer a un vampiro es fácil: hacen chasquidos con sus lenguas, para identificarse entre sí. Además, tienen la costumbre de devorar a sus familiares cercanos.

El siglo XIX es una danza de damas pálidas, de caballeros que seducen doncellas; de estacas que atraviesan el corazón y de fuegos que reducen a cenizas los despojos; de recetas para evitar el vampirismo, que incluyen comer la tierra del sepulcro del vampiro y embarrarse su sangre en el cuerpo.

Pero este vampirologio comienza a declinar conforme se acerca el siglo XX.
El Horla, de Mauppassant y publicado en 1886, parece marcar el retorno a la sobriedad.

El horla bebe leche y agua y es invisible. Es descrito como el ser del futuro, que devora hombres, como éstos se alimentan de terneras. Los vapores de lo sobrenatural se diluye, mientras el lector se acerca al siglo XX.

No es de extrañar que el penúltimo cuento de esta antología relate la desazón y el horror de un vampiro al verse en un espejo y descubrirse vampiro. Este relato, de Lovecraft, remata lo romántico.

En Latinoamérica, un romántico tardío de selva y espectros, Horacio Quiroga, no resiste la tentación de crear un vampiro en 1927; pero e cine ha robado ya al personaje. Y la vampira que Quiroga engendra lleva la marca de esta máquina de contar historias.

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A manera de colofón

Falta decir que en este siglo XIX parecía necesario explicar la fascinación del hombre embelezado por lo sobrenatural y lo fantasmal.

ETA Hoffman, en su excelente “Vampirismo” (1821), justifica su vocación por lo macabro. Uno de sus personajes, Cypriano, explica, antes de comenzar su relato: “es la crueldad de los hombres la que genera la miseria que los grandes y pequeños tiranos producen sin piedad ni diabólica burla del infierno, así como las reales historias de fantasmas.

“Pero en semejantes invenciones maravillosas [refiriéndose a la literatura de horror] la miseria del mundo no puede sino aparecer salpicada de manera juguetona por alegres colores, y de modo tal, pienso, que hasta una mirada no muy fuerte, tendría que soportarla”.

A lo que otro personaje, Vicente, le responde: Empieza, pues, mi querido Cypriano, y sé sombrío, aterrador, incluso espeluznante, más que el vampírico Lord Byron, al que no he leído”.