domingo, 5 de julio de 2009

También en California hay taxis pirata (y anécdota final)

A unos pasos de la garita de San Ysidro-Tijuana hay un restaurante de comida rápida de la cadena Jack in the Box. Ahí, los raiteros —simil de taxi pirata para migrantes— esperan a su clientela.

Un hombre gordo y bajo pregunta a todo el que se acerca: “¿A dónde vas, a Los Ángeles?”; después de la respuesta, invita al cliente a entrar y tomarse un refresco.

Los raiteros son la opción que utilizan los migrantes con visa de turista, y uno que otro indocumentado, para internarse en territorio estadunidense y evitar el retén de la Border Patrol localizado en San Clemente, rumbo a Los Ángeles y el norte de California.

Aquellos trabajadores indocumentados que cuentan con visa de turista tienen una ventaja. En vez de caminar durante 15 horas por el desierto, pueden pasar por la garita de Tijuana-San Ysidro y decir que van de compras.

El gobierno estadunidense no pide mayor trámite a aquellos visitantes que no se internarán más de 25 millas de la frontera. Esta visita al territorio estadunidense no requiere llenar el permiso I -94. El gobierno no detectará a aquel que entró y se quedó por un año o más, o aquel que entra y sale de forma constante.

Ninguna persona con intención de quedarse en los Estados Unidos tramitará su permiso I-94. Pasará quizá con un carrito de compras o una mochila ligera. Dirá que va de compras o a San Diego.



Salieron de San Ysidro


La van blanca es conducida por Norberto, un hombre de unos sesenta años. Alto, muy alto, de ojos azules. Es residente legal y oriundo de Ensenada, Baja California.

En la van viaja Samuel, un joven de Puebla con licenciatura en una ingeniería y Francisco, un muchacho de Cuernavaca que huele mucho a alcohol. Se ve sucio. Pareciera que cruzó la frontera por el monte y no por la garita. Dicen que muchos “ilegales” se ponen tan nerviosos después de andar a salto de mata, que al llegar a San Ysidro se emborrachan.

Samuel va a Los Ángeles. Es gerente de un negocio de compra-venta de autos usados. Norberto le ha cobrado noventa dólares por llevarlo, ya que no trae el permiso I-94. Alega que la migra puede quitarle su van. En realidad es un pretexto para cobrar más. Los raiteros saben de sobra que la gran mayoría de sus clientes no traen permiso. Si no fuera así tomarían un Greyhound por 15 dólares a Los Ángeles, y no pagarían entre 25 y 100 dólares en un carro privado para alcanzar su destino.

Los carros privados son detenidos al azar. Si el carro es bueno y está en regla, hay un riesgo muy bajo de ser detenido. Si esto sucede, el viajero con visa y sin permiso todavía puede alegar que no sabía, se le olvidó o se quedó dormido y se siguió en el camino.

Francisco va a un poblado un poco más al norte de San Diego. Norberto comienza a reclamarle que por el precio que acordado con el hombre gordo y bajo no puede llevarlo hasta donde le pidió. Deberá pagar cinco dólares más. Se hacen de palabras. Finalmente, Norberto deja en medio de la carretera a Francisco, quien agarra su pequeña maleta y le dice: “quédate con tu refresco”.

“Pasaron por San Clemente...” y no los paró la migración. Eso quiere decir que la Border Patrol está en el monte, buscando migrantes.

Todos en la van respiran profundo. Ya la hicieron. La plática entonces se anima y Norberto cuenta de sus aventuras durante una experiencia de más de 20 años como raitero. A lo lejos, las costas del pacífico resplandecen con los últimos rayos de la tarde. Del otro lado del océano espera China. Al frente, el sueño americano.



Publicado en Milenio el 16 de noviembre de 2008


Epílogo:


Germán necesita un rait de regreso a Los Ángeles. Se apalabra con un hombre grande, y se sube a la van. En una plática animada, el hombre le dice que su trabajo ya es reconocido internacionalmente. Incluso, dice, una vez llevó a una corresponsal de guerra que venía de regreso de Irak... Germán asiente, por pura educación. El raitero le dice que incluso le hizo una entrevista y la publicó. De la guantera saca un sobado periódico Milenio. Germán lo lee. "Caray", piensa, "yo conozco a esa reportera, pero... ¿corresponsal de guerra?" El raitero continúa: "aquí entre nos, creo que se enamoró de mí..."