domingo, 12 de julio de 2009

Machen, Mayombe y la banda de los Rojos

Son pocas las veces en las que el alma decide desnudarse. Escritura aleatoria. Como siempre, los surrealistas del siglo pasado sobredimensionaban las cualidades de un ejercicio que, por lo general resultaría más terapéutico que creativo. A excepción, claro de dos o tres obras que rebasan las barreras de las tendencias de la época.

Pero cuando se trata de terror, casi siempre esos momentos en los que uno deja simplemente liberar el alma y dejarla deambular por los valles de sombras resulta interesante.

Hace poco leía “El pueblo blanco” de Arthur Machen. Con una cualidad borgiana, este autor eclipsado por el éxito de Lovecraft (aunque el propio Lovecraft admitió que bebió de Machen para crear sus inframundos) tiene la capacidad de resumir en unas cuantas cuartillas la historia de los tiempos (otra cualidad heredada a Lovecraft, que se puede ver en, por ejemplo, Las montañas de la locura). Pero lo que más inquieta de Machen es, lo que he llamado, deshilachados: Machen no cuenta toda la historia. La historia aparece fragmentada. Unos cuantos hechos rescatados de la avalancha de acontecimientos. Unos cuantos datos o informes precisos. Todo lo demás son suposiciones, son historias paralelas, a veces sugerentes.

Pero es precisamente en los espacios en blanco donde se desarrolla el terror. En los momentos en los que la crónica cede, se deshace y da paso a la escritura aleatoria del cerebro del lector.

Pero el autor tiene una cualidad que Lovecraft disminuye en su propia obra: aunque los dos tienden a calificar de “maldad” los actos de sus personajes no humanos, Machen los rodea de un aura de deidad aún más profunda.

Además, debemos a Machen aquella frase que, durante toda mi adolescencia cité y atribuí a Oscar Wilde. (Parafraseando) La maldad no es que un hombre robe o mate a sus esposa. La verdadera maldad es sumamente rara. Dígame, usted, por ejemplo, qué pensaría si, al llegar a su casa, encuentra cantando a las flores en el jardín.


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Si revisamos el caso de los narcosatánicos bajo esta luz, podemos escanear más fácilmente la fascinación que ejercieron frente a los medios. Los espacios “deshilachados” (o más propiamente, deshilvanados) de su propia historia. La historia tiene tantos huecos que ha permitido la creación de varias películas, un par de historias de ficción, un par de delirios más.

Los datos contundentes que revela deja a la imaginación un espacio digno de Machen… con sabor tropical. Jóvenes salvajes, bellos, impunes. Bajo la premisa de alcanzar, de cualquier manera, la mayor cantidad de posible posible.

El problema es que para que la variable del palo mayombe que fue adoptada por los narcosatánicos y prácticamente reinventada funcione, es necesario poseer a un ser vivo de tal forma que ese ser vivo le tema a uno incluso después de muerto. De esa forma uálino absorbe la energía de ese ser, en el mundo que le sigue a éste y, por supuesto, en éste.


Si no se dan más explicaciones y uno sólo se remite a decir de pasada que esa posesión de cuerpo y alma se da a partir de la tortura… todo, todo queda a la imaginación que no se atreve a poner nombre a las cosas, mucho menos se permite tratar de dar forma a las imágenes sugeridas.

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Dicen los que saben que la santería (o una de sus variables) ha desplazado a los brujos de Catemaco de su mercado laboral. La santería parece ser más poderosa, más atractiva para el mexicano, para el creyente.

Hay variantes que parecen acomodarse al narcotráfico y el crimen organizado (de igual manera que versiones de lo que llamamos catolicismo parecen adaptarse al alma del narcotraficante). Se trata de “lecturas” macabras de las religiones antiguas de África. Como en el caso de la Santa muerte o Malverde, se trata más de un culto nuevo que retoma fragmentos de cultos ancestrales para dotarse de legitimidad. Pero en este caso, la poli le tiene miedo. No se enfrenta.

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Un día después de que la banda de los Rojos tuvieran en su poder a Esmeralda, decidieron que debían “hacer presión” para que la familia (influyente, conocida, pudiente) pagara el rescate. Pero los Rojos no son los narcosatánicos. No buscaban apoderarse del alma de la pobre muchacha. Sólo buscaban pagar un rescate.

Herminio mandó llamar a una sobrina suya, enfermera, para que administrara un poco de anestesia a la joven. “Si va a perder un dedo, no tiene por qué dolerle”, dijo a los demás, mientras les advertía que nadie podía tocar un pelo de la muchacha.

Pero su sobrina no era una buena enfermera. Al segundo día de su secuestro, Esmeralda murió sin dolor, bajo el sueño de una sobredosis de anestesia. La banda de los Rojos reculó.

Llamaron entonces al Otro. Al que arregla este tipo de situaciones… para que Esmeralda no reclamara ni vengara desde la muerte a sus asesinos. El Otro ordenó que debìa ser enterrada en el umbral de la entrada principal. Fue rociada con agua bendita para su eterno descanso (“no somos culeros como los narcosatánicos”). Pero sobre su cadáver, se debería colocar una enorme placa de concreto. Nomás, para que su alma descanse en paz… a la fuerza.

Esmeralda fue obligada a descansar bajo el conreto por más de un año. Esperando. Esperando.