miércoles, 26 de junio de 2013

El héroe de Anita




En 2006, Anita tenía 13 años y terminaba segundo de secundaria en Tultitlán, Estado de México, cuando su madre murió por causas desconocidas. El padrastro se llevó a su hermanita a Puebla, pero a ella la dejó sola.

Lo último que sugirió el padrastro antes de irse fue acudir con una parienta de él: Eliset, hijastra de un matrimonio anterior.

Anita se fue a vivir con la familia: Eliset de 29 años, su esposo, cinco hijos y Dulce, otra jovencita que trabajaba para la mujer contestando siete líneas telefónicas. Todos vivían en una casa grande, de cinco recámaras en Coacalco, Estado de México.

Al mes de haber llegado, Anita tenía que limpiar la casa ella sola y atender a los cinco hijos. “Terminé levantándome a las cinco de la mañana para que me diera tiempo de todo”.

Un día Dulce escapó. Eliset habló con Anita: le explicó que en realidad ella era prostituta y se anunciaba en los periódicos, que quienes llamaban a las diferentes líneas telefónicas eran sus clientes y que como Dulce no estaba, ahora Anita respondería las llamadas: daría los precios y convencería a los clientes.

Dulce regresó tiempo después y luego se volvió a ir. Eliset llevó a su cuarto a Anita, para hablar:

–Tenemos muchas deudas, además el papá de tus hermanos está muy enfermo y si no lo operan se muere–, la chantajeó. –Tus hermanos ya perdieron a su mamá, ¿y ahora van a perder a su papá también?

Anita tenía 14 años cuando pisó por primera vez un hotel.

Eliset y su esposo explotaron a Anita en hoteles de todo el Estado de México y el Distrito Federal. “Había veces que ni siquiera me dejaban ir al baño, porque íbamos a hoteles por toda la región, desde la frontera con Querétaro, hasta el sur, por Xochimilco”, recuerda la joven.

En ocasiones la adolescente se rebelaba y la mujer la encerraba. La última vez la mantuvo así por dos días, hasta que Anita entró en crisis, rompió un vidrio de la ventana para escapar, pero no cupo entre los barrotes. Entonces tomó un pedazo de vidrio y se cortó los brazos. “No quería morirme, quería que me sacaran de ahí”, explica, y muestra su cicatriz. Embarró la sangre en las paredes y gritó hasta que la liberaron.

Cuando Anita tenía 15 años, su hermana llamó por teléfono. Anita le preguntó por el padrastro y la operación.

–¿Cuál operación?–, respondió la hermanita. Todo había sido mentira.

En diciembre de 2008, Eliset llevó a Anita a un hotel de la colonia Álamos en el Distrito Federal. El cliente ofrecía 4 mil pesos por tener sexo sin preservativo. Anita se opuso. Tras una larga discusión, Eliset tomó su lugar, pero al terminar el hombre pidió “unos minutos” con la adolescente.

–Mira, niña, si te vas a dedicar a esto tienes que hacer lo que el cliente te pida porque estoy pagando– le sermoneó.

Anita salió llorando de la habitación. Un camarero la vio y le preguntó qué le pasaba.  Ella le pidió ayuda.  El muchacho –que Anita calcula tenía alrededor de 23 años entonces– aceptó. La escondió en un cuarto, le dio una sudadera y pidió un taxi de sitio.

Eliset y su marido estaban dando vueltas alrededor del hotel. Cuando llegó el taxi, el muchacho le dijo: “a la de tres, corre…”.  Se escabulleron.

Esa noche el muchacho perdió su trabajo: se fue siete horas antes de que terminara su turno. Pero acompañó a Anita al búnker de la PGJ capitalina y luego a la agencia 59.  La policía detuvo a la pareja. Eliset fue condenada a cinco años de cárcel por el delito de corrupción de menores; al esposo, a 13 años, por lenocinio. Paradójicamente él ya está libre. La mujer está por salir.

Durante estos años Anita ha estado en las fundaciones Camino a Casa y Reintegra. En unas semanas entrará a la universidad, a Ciencias de la Comunicación. No ha vuelto a ver al muchacho que la salvó. Sólo sabe que su nombre es David.

Texto publicado en El Universal Gráfico el 18 de junio de 2013