viernes, 6 de agosto de 2010

La perrada y el narco




Los reporteros, la tropa, la perrada. Este último es el que más me gusta. Define con claridad voraz esa imagen que resume la esencia del reportero en las trincheras: manejándose en banda, corriendo --cámara, grabadora, en mano-- detrás de algún funcionario. En ocasiones, algún camarógrafo aplasta a alguien, en esa carrera por "chacalear" (hacerle una entrevista banquetera, apresurada) a algún funcionario ensoberbecido, para sacar así aunque sea una nota y cumplir con la cuota diaria de notas, entrevistas reportajes.

Por lo general la izquierda más a la izquierda odia a los reporteros. Sobre todo cuando los temas más sensibles para grupos de la sociedad son ignorados. Cuando una marcha en la que se exige un demanda determinada es reportada como una molestia vial.

(Pero también la derecha a la derecha.)

También el odio hacia las posturas de algunos comentaristas, analistas, los llamados líderes de opinión, las líneas editoriales de varios periódicos… un largo etcétera de queja contra la prensa.

¿Hasta qué punto este reportero, fotógrafo que va corriendo detrás de un funcionario tiene responsabilidad sobre la línea editorial de los grandes conglomerados informativos? Prácticamente ninguna.

El reportero que pertenece a la perrada gana, en promedio, entre ocho y 15 mil pesos mensuales (si le va bien), en el Distrito Federal.

En algunas regiones remotas de los estados, un reportero puede ganar incluso menos. Unos tres mil pesos, o en otros se condiciona su pago a que venda publicidad. Por supuesto esto último es una práctica que da al traste con cualquier esbozo de ética.

En la mayoría de los casos (sobre todo en diarios pequeños, o en estaciones de radio) los reporteros descansan un día a la semana. Todo reportero sabe la hora a la que deberá presentarse cada mañana, pero ninguno sabe la hora a la que saldrá.

Los índices de divorcio y alcoholismo son particularmente altos en el medio periodístico. No muchas mujeres ni hombres resisten vivir junto a una persona que se ausenta con frecuencia, con la que no se puede hacer planes para asistir a una cena familiar o a un cumpleaños, con una persona que saltará y dejará todo si ocurre algún huracán en una zona del país.

No todos son blancas palomas. Por supuesto hay reporteros corruptos, hay chayoteros, hay otros no muy preparados y su trabajo no refleja la complejidad de las cosas. Algunos más se mimetizan con el poder, Todo eso es cierto. Pero no dejan de ser trabajadores.


Si un joven recién egresado de la carrera de periodismo quiere trabajar, será aceptado como auxiliar (“hueso”, en el argot reporteril) en alguna redacción, para que trabaje por seis horas diarias, con una “ayuda económica” de entre 600 y mil 500 pesos mensuales.

Las actividades que este joven realizará serán: contestar teléfonos, revisar correos electrónicos, redactar notas a partir de comunicados, ayudar a crear órdenes de trabajo para los reporteros al día siguiente, soportar las grosería de los reporteros y editores consolidados… y si todo va bien, en algunos meses serán enviados a algunos eventos, para poder firmar una nota o dos.

La mayoría de estos auxiliares no serán contratados en ese medio, y empezará su largo peregrinar para buscar un trabajo formal.



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Este tipo de reporteros, los de ocho mil pesos mensuales, un día de descanso y jornadas de 16 horas diarias; los que viven en los estados y escriben para medios muy pequeños, locales y sin gran resonancia nacional… estos son los más vulnerables.

De este tipo de reporteros se ha alimentado el crimen organizado para exigir la publicación o la omisión de cierta información. Ese terreno nebuloso entre narco y policía es como la casa del jabonero. Periodista que no cae, resbala. Y a veces muere.

Tan sólo de 2000 a la fecha han sido asesinados 64 periodistas, casos en los que se presume que su muerte tuvo que ver con su quehacer periodístico. Se presume. Porque ninguno ha sido esclarecido a cabalidad. También hay 11 reporteros desaparecidos, bajo las mismas condiciones.

Esto se ha vuelto una situación cada vez más difícil. La amenaza por el narcotráfico.

A mediados de 2009, [N] Lizárraga, amigo y reportero de Culiacán, escribió:

“El problema cuando se escribe sobre narcotráfico “no es sólo lo que escribes, sino todo ese proceso para acceder a la información. Más cuando tus fuentes de información son funcionarios, policías, que, si saben, es por algo; que si te dicen una cosa quizá lleve un interés de por medio. Algunos pueden estar vinculados de alguna forma con el narco […] ¿Pero quién más te habla de narco si no es este tipo de fuentes?...”

“Los lineamientos de seguridad, uno con el tiempo se los autoimpone. El que cubre fuente policiaca en una ciudad como Culiacán anda con una paranoia ‘natural’. Es desconfiado. Trata de ver esas cosas raras, extrañas, que quizá reporteros de fuentes de política, de ciudad, no ven. Uno se vuelve una [mezcla] entre reportero y policía. Aprendes a cuidarte, a llegar a una esquina y ver al de a lado; en una reunión, a checar a los presentes: sus rostros, aspectos. Si recorres cuatro cuadras y detrás de ti tienes al mismo carro, anotar sus placas, cambiar de rutas, de horas de salida hacia tu casa, el trabajo..."

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La semana pasada, el secuestro de cuatro periodistas (dos corresponsales, de Multimedios y Televisa y un enviado de Televisa) y un reportero local sacudió al gremio. Los secuestradores llamaron a sus redacciones y exigieron la transmisión de un video para soltarlos.

Primero fue liberado el enviado de Televisa. Luego el reportero local. Los dos corresponsales locales lo fueron en un operativo que deja más dudas que certezas.

A partir de ahí se organizó una movilización inédita en el gremio periodístico: la primera marcha para exigir condiciones de seguridad para realizar el trabajo periodístico. Muchos de los llamados líderes de opinión se han sumado. Sus razones pueden ser diversas, tan diversas como la calidad de cada periodista.

Pero ello no quita que la marcha en sí sea inédita, y que se trata de la exigencia de condiciones mínimas para ejercer un oficio. Es, pues, una demanda de índole laboral para un gremio maltratado.



*Imagen tomada días después de que fuera asesinado Eliseo Barrón, reportero de La Opinión, diario de Torreón, Coahuila. El periodista fue asesinado en Gómez Palacio Durango, en mayo de 2009. Días después, apareció esta manta enfrente de otro periódico, en alusión y franca amenaza al quehacer periodístico.