martes, 15 de septiembre de 2009

Los otros niños de Casitas del Sur

Lydiette Carrión
Ciudad de México

* Una versión resumida de este trabajo fue publicado en El Periódico el lunes 14 de septiembre de 2009.



Entrevistas a varios familiares de niños que estuvieron en Casitas del Sur documentan que muchos menores nunca fueron a la escuela mientras estuvieron en el albergue y desatendieron sus necesidades médicas.

Los testimonios también relatan cómo en las semanas previas al cateo de enero de 2009, trasladaban a los niños de una casa a la otra, de un albergue a otro. La última vez que vieron a los niños Cuadrilla Trejo fue cerca de Six Flags. Los trabajadores los bajaron del camión del albergue y se internaron en las colonias cercanas a la Pichacho Ajusco caminando… de los Cuadrilla Trejo, han explicado familiares en varias ocasiones, la policía no tiene ningún indicio.


LOS NIÑOS BAUTISTA

El señor Bautista tiene tres hijos que estuvieron en Casitas del Sur, desde 2005, hasta el día en que la procuraduría capitalina realizó el cateo. Le cuesta trabajo creer que Casco Majalca estuviera involucrada en la desaparición de 11 niños, ya que era muy amable. Incluso, una vez fue a África por dos meses, para ayudar a los niños de allá.

Pero sus hijos le han relatado cómo en las semanas anteriores al cateo, los niños eran trasladados a diversos lugares: los llevaban “a paseos en la playa”; pasaban varios días en casas de empleados de Casitas del Sur; llegaban personas desconocidas al albergue.

Para el señor Bautista, las cosas se empezaron a descomponer cuando Elvira Casco Majalca dejó de estar a cargo del lugar.

El señor Bautista accede a una entrevista, a condición de que sólo publique sus apellidos, y no mencione el nombre de sus hijos. La entrevista se realiza en un Vips cerca del metro Chilpancingo. Es un hombre todavía joven, con una voz baja, por momentos, casi inaudible.

Cuando se separó de su esposa, el señor Bautista se vio con tres hijos –un bebé de un año y meses, una niña de cinco y un niño de siete años-. Y comenzó el peregrinar en instituciones para que lo apoyaran.

“Levanté el acta de abandono de hogar, y nunca me hicieron caso en la Procuraduría capitalina. En la procuraduría, le dijeron: ‘la señora está dejando a sus hijos con usted, así que eso no es abandono de hogar’. Y así, chequé en otras casas hasta que llegué a la Casita del Sur”.

“Yo los veía cada fin de semana, todos los sábados de cinco a seis”, dice y asegura que sus hijos estuvieron felices ahí.

Por eso, cuando pregunta si es cierto que ahora Casco Majalca está presa por el delito de tráfico de menores, su rostro muestra una mezcla de consternación e incredulidad.

“Yo les preguntaba que cómo se sentían, si no les pegaban”, y ellos, dice, aseguraban que no.

Pero, explica, sí había castigos si se portaban mal. “Los paraban, castigados con un letrero [que decía por qué lo habían castigado. Por ejemplo]: ‘por faltarle el respeto a la maestra’”.

Una vez, recibió un reporte, porque su hijo fue grosero con una maestra. A las maestras en el lugar las llamaban “mamá”, explica. Le preguntó a su hijo por qué había sido grosero, y éste nunca le contestó. “Nunca habló al respecto. Dejó pasar como un mes”, y durante todo ese mes estuvo castigado. Y por eso no tenía visitas. Al final decidió hablar y aceptó que había sido grosero.



INEXISTENCIA ESCOLAR

Hasta hace unos meses recuperó a sus hijos. Pero de la documentación que entregó cuando ingresó a sus hijos a Casitas –actas de nacimiento, comprobantes de estudio, cartilla de vacunación—no volvió a ver nada.

“Fui a la central de la SEP en Iztapalapa, en Xochimilco… nada. Actualmente, en el nuevo albergue en el que se encuentran sus hijos, les harán un examen de colocación. Es como si sus hijos nunca hubieran ido a la escuela los últimos cinco años.



--¿Usted vio alguna vez los comprobantes escolares de los niños mientras estuvieron ahí?

--Daban una explicación de cómo iban los niños. Las niñas pasaban las boletas; las mostraban y las recogían de nuevo-- Dice que no recuerda si las boletas eran de la SEP o de otra institución.

--En la procuraduría, ¿qué les dijeron de los papeles?

--Nada.



El señor Bautista explica que antes de que ocurriera el cateo, alrededor de mediados de 2008, Elvira Casco Majalca se fue de ahí. A la persona que estaba encargada, le preguntaba por la directora y ella me decía que estaba enferma.



El señor Bautista procura ser mesurado en sus comentarios. Pero de pronto exclama. “No sé de qué manera los tenían callados. Si por medio de amenazas o qué”. Casi inmediatamente corrige: “Pero a mí sí me tienen confianza. Pero en la Procuraduría no hablan”.



Los tres hijos del señor Bautista fueron retenidos en el DIF nacional por casi dos meses después del cateo en Casitas del Sur. “Me los entregaron como si fueran pordioseros… mugrositos, sin bañarlos. Todo ese tiempo además, estuvieron separados.



--¿Qué hay de Ilse Michel?

--Mi niña me decía que llegó a conocerla, pero que de repente los separaban, que luego, durante los últimos meses, los andaban escondiendo.

“Derechos humanos, la procuraduría ya andaban tras de ellos. Entonces había ocasiones que se iban a la casa de unos de los que trabajaban ahí, por días. A veces se iban a paseos a la playa, y después los llevaban a la casa de un maestro”.

“Los andaban escondiendo. Eso me decía mi niña. Que [hacían esto] porque había polis. Entonces, pues ya sabían que habían descubierto algo”.

También llegaba gente del Walmart a darles regalos. “Pero eso está bien, ¿no?, que los ayudaran”.

Aunque su hija también le contó que de pronto llegaba “gente que no conocían”. Y que a sus hijos nunca los dejaban ver qué pasaba con esas personas o con qué niños estaban.

Quizá, explica, porque él estaba al tanto de sus hijos; porque la relación era buena. “Quizá yo estuve al pendiente. Y también ayudé económicamente”.

--¿Pero qué hay de los niños desaparecidos?—insiste la reportera.

El rostro del señor Bautista adopta una expresión confidencial. Dice: los tienen los propios empleados de Casitas. Mira, si te llevas a un niño, con todos sus papeles, ni siquiera lo tienes que sacar del país o la ciudad, lo cambias de colonia, ¿quién se va a dar cuenta?



LOS NIÑOS BELLO AZAMAR

Mayte Bello Azamar y su esposo Gabriel Ortiz se quedaron a cargo de tres de hijos de su hermana (dos niñas de ocho y trece), y un niño (de seis) que vivieron por cinco años en Casitas del Sur. Además la abuela (madre de Mayte) está a cargo de una niña más grande, llamada Susana.

En entrevista telefónica, se muestra renuente a hablar. Cuestiona: “¿qué gano al dar una entrevista?”. Ya bastante tiene con cuidar a sus sobrinos, además de sus propios hijos. Y además tiene que llevarlos al sicólogo de la PGJ, y ni siquiera le quieren dar cita por Xochimilco, sino que tiene que ir hasta Balderas y cruzar toda la ciudad.

--Pero, pues hay 11 niños desaparecidos.

--Sí-- admite. --Los niños...

Al final, accede a dar una entrevista telefónica. Y se explaya. Le gana la rabia.



“La más chiquita, de ocho años. Ella viene traumada. Ella llegó [al albergue] de tres años. Y sí las castigaban… Quisiera que me platicara bien, pero nada. Se agacha y se queda callada.

La más grande explica que “si no cantaban lo de su religión tenían que hacer planas [de escritura] de lo que tenían que cantar.



Mayte explica que ella y su esposo no tenían permiso de Casco Majalca para visitar a sus sobrinos, y sólo podían verlos la madre de ellos y su abuelo.



Pero una vez, hubo un problema con la mayor, Susana, ya que se quería escapar. (Mayte hace un paréntesis: “si hubieran estado bien, no se habría querido escapar, ¿no?) Entonces mandaron llamar a la familia para “tranquilizarla”, y como Mayte era la que vivía más cerca, llegó a Casitas del Sur, junto con su cuñado.



En la puerta tuvo un altercado con Casco Majalca, porque ésta calificó de “loca” a Susana. Por lo que Mayte ya no pudo pasar. Pero desde la puerta vio a los niños, que estaban “descalzos, flacos, con unas playeritas”.

La voz de Mayte Belloso cambia: “Mi hermana decía que estaban bien. Pero cada fin de año les decían [en el albergue] que sus hijas reprobaban.

“Elvira decía que sí las mandaban a la escuela. Pero en todos esos años nunca las mandaron a la escuela”. No hay registros ni en la SEP ni en ningún lado del historial escolar de sus sobrinas.

Actualmente la niña de 13 años está en cuarto de primaria. Y la de ocho, tiene el kinder. “Apenas si se sabe los colores”.

El enojo regresa a la señora Bello. Y dice: “Y ahora esto es mi responsabilidad”. Desde el 25 de junio, que está a cargo de sus sobrinas, ha pasado todo el tiempo tratando de buscarles escuela, de conseguir sus cartillas de vacunación, sus documentos. “Apenas si hay actas de nacimiento”.