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viernes, 7 de junio de 2013

Thalía buscó el sueño americano




Lydiette Carrión


El 1 de agosto de 2012, alrededor de las tres de la tarde, Thalía González Martínez de entonces 19 años, se vistió con ropa negra, cargó con el poco dinero que le quedaba, su credencial del IFE y un teléfono celular. Luego se despidió de su familia.

Partió con una conocida  suya, Lorena Torrijos. Iban a cruzar a Estados Unidos por Reynosa. La familia de Thalía la vio alejarse y dejar el lugar donde nació: Juandó, un pueblito que apenas rebasa los mil habitantes, en el municipio de Acambay, Estado de México.

Desde esa tarde nadie la ha vuelto a ver.

La historia comenzó  tres meses atrás, en mayo de 2012. Lorena de  aproximadamente 28 años, estaba de visita en Juandó. Ella vive en Chicago desde hace 15 años y había regresado por primera vez desde entonces a su pueblo. Durante esas vacaciones, visitó constantemente a Thalía; la invitaba a comer y a beber, pasaban horas platicando con otra mujer, tía de Lorena, la señora Zenaida Flores, y juntas la convencieron de emigrar en compañía de Lorena y abandonar lo poco o mucho que tenía: un pequeño negocio de carnitas.

La joven se entusiasmó y pidió dinero a la familia. Convenció al papá de vender una camioneta y unos puercos y juntó 60 mil pesos: el precio por anticipado que exigía “la coyota”. Depositó directamente a cuentas bancarias de la familia de Lorena, quien supuestamente arregló todo el viaje. El problema es que nadie de la familia de Thalía supo quién era la coyota, ni tuvo algún contacto con ella.

De lo único que tuvieron certeza es que las dos mujeres –quienes debían ir vestidas con colores oscuros esconderse de la migra– cruzarían por Reynosa, Tamaulipas.

Reynosa solía ser un lugar muy recurrido por migrantes mexicanos, quienes cruzaban a nado el Río Bravo y llegaban al área metropolitana de McAllen, Texas. Pero actualmente se ha vuelto muy peligroso debido al crimen organizado, en concreto Los Zetas. La gente de Juandó (un pueblo del cual han debido migrar muchas personas a Estados Unidos) ahora emigra por Piedras Negras, Coahuila, explica el hermano de Thalía, Daniel González Martínez.


El 1 de agosto de agosto, las vieron partir. El 2 de agosto, la madre llamó al celular de Thalía, pero nunca entró la llamada. La familia intentó comunicarse al ceclular de Thalía y al de Lorena los días siguientes sin éxito. A los ocho días, Lorena Torrijos ya se encontraba en Chicago y se comunicó a Juandó. Dijo que Thalía “no había aguantado ni tres horas en el desierto”, y que se había entregado a la patrulla fronteriza.

Agregó que la habían dejado en McAllen. Pero que no se preocuparan, la iban “a maquillar” y los coyotes la pasarían a través de la garita con una mica (visa) falsa.

–Pero si ya estaba en Mc Allen, ¡ya había cruzado!, ¿por qué tenía entonces que cruzar de nuevo?– exclama el hermano de Thalía, Daniel González Martínez. Más aún, se cuestiona ¿de cu



ál desierto hablan en el área metropolitana de McAllen?

Pasaron los días, los meses. Lorena reportó la desaparición de Thalía en un consulado, dijo que era su prima,  y después dejó de contestar las llamadas de los familiares de la joven, quienes denunciaron ante el MP mexiquense en diciembre de 2012. Pero hasta la fecha, no han visto que se inicie una investigación o se dé alguna coordinación con autoridades federales y tamaulipecas.

“Yo sólo quiero que me digan dónde está, qué hicieron con ella”, se duele la madre de Thalía, la señora Eulogia Martínez.

martes, 17 de julio de 2012

Cleidi sobrevivió a La Bestia



 
 
Lydiette Carrión
 
Conocí a Cleidi el 10 de mayo pasado. Una joven de 22 años salvadoreña, bajita,  regordeta, apiñonada y una sonrisa brillante. Me contó su historia, mientras daba de comer a mexicanos y centroamericanos por igual.
 
Cleidi trabajaba 12 horas como mesera en su país natal El Salvador, y no le alcanzaba para mantener a su hija de seis años, a quien llamaremos Rosa. Un día, encargó a su nena con familiares, agarró un dinerito, una muda de ropa y emprendió el camino rumbo a Estados Unidos. En México, en Tenosique, Tabasco,  montó el tren,  “la Bestia”.
 
En los trenes, le robaron lo poco que traía, unos tipos trataron de abusar de ella, pero se salvó, cuenta, porque rezó muy fuerte. Vio cómo una señora quedaba bajo las ruedas del tren, despedazada; y por poco ella misma pierde la vida al saltar de un vagón.
 
Sin un peso y exhausta, Cleidi llegó al albergue de migrantes en Lechería el Estado de México, que, se calcula, recibía a unos 200 migrantes diarios.
 
Ahí  tuvo oportunidad de llamar a su pequeña Rosa. Sin embargo, no tuvo corazón para decirle que apenas estaba en México, a la mitad de camino, y que estaba viva de milagro. Le mintió: dijo que ya había llegado a EU. Rosa se puso muy feliz y le pidió a su mamá un cochecito de baterías de “Princesa”.
 
Cleidi pasó un mes en el albergue, y se enteró que rumbo al norte (San Luis, Piedras Negras) estaba peligrosísimo. Con los zetas dominando las carreteras, hay una alta probabilidad de ser secuestrado y terminar en una fosa clandestina. Los migrantes mexicanos también se encontraban horrorizados.
 
Esto fue hace unos meses. No sé qué ha pasado con Cleidi; sólo sé que estaba buscando enviarle el cochecito a Rosa. Pero este lunes, las autoridades del albergue de Lechería anunciaron su clausura. Los vecinos perciben a los migrantes como un peligro y se han dado enfrentamientos entre migrantes y mexicanos. Las autoridades no han hecho nada para solventar  esta situación.
 
En el norte del país, han cerrado otros albergues debido a las extorsiones del crimen organizado. En el sur, el padre Solalinde (gran defensor de los migrantes) tuvo que dejar por un tiempo el país, debido a amenazas. En estos días, sólo queda clara la poca solidaridad que los mexicanos hemos mostrado hacia nuestros hermanos centroamericanos. Parece que sólo “damos posada” cuando cantamos villancicos el 24 de diciembre. Hoy me da vergüenza nuestra mezquindad.
 Columna Rendija publicada el 11 de julio de 2012.