lunes, 11 de julio de 2011

Sociología del futbol (O de la emancipación de los pueblos)

* Subo un texto viejo, originalmente publicado en Replicante, como homenaje a los chavalillos de la sub17. (Y también porque tengo este blog completamente abandonado. Prometo ordenar pronto mis tiempos y subir una añeja entrevista a un grupo anarquista)



Por Lydiette Carrión


Mi papá era de la vieja guardia. Era de los que creían en la Unión Soviética. Los que cantaban “La Internacional” en las borracheras. Los que lloraron cuando se derrumbó el Muro de Berlín.

Él y muchos conformaron la revista Estrategia, una de las pocas publicaciones marxistas en los años setenta y ochenta, tiempos en que el solo hecho de llamarse así significaba problemas con la ley. Él, decía, escribía la sección de “Deportes”. En ese espacio hacía un breve análisis del futbol como “herramienta para el control de la masas”, etcétera. La verdad nunca leí ninguno de sus artículos futboleros.

Pero lo recuerdo los domingos viendo el futbol. Tumbado en la cama, con refrescos al lado. Se emocionaba y gritaba y pataleaba de felicidad cuando su equipo favorito anotaba un gol.

Pero tenía una premisa: nunca irle a México en el Mundial. Porque, según él, las victorias de la selección mexicana sólo servían para que el pueblo siguiera engañado y no lograra ver la miseria en la que estaba envuelto.

Por supuesto, jamás le deseaba algo así a sus equipos de futbol favoritos: los Pumas y el Cruz Azul. Los Pumas por la Universidad, el Cruz Azul, por los albañiles, ya que él había nacido un 3 de mayo, día de la Santa Cruz.

Durante los mundiales la casa se cerraba. La actividad se suspendía, no había trabajo ni taca taca frente a la máquina de escribir ni llamadas telefónicas que no fueran para hablar de la maravilla del futbol.

Por supuesto, los favoritos eran la URSS, los países socialistas, cuyo ejemplar desempeño en el deporte exaltaba las virtudes del sistema.

También los países africanos (aquel glorioso Mundial en el que Camerún destronó a todos los equipos europeos, hasta que fue descalificado), y, por supuesto, también le iba a los latinoamericanos, los pueblos hermanos.

La pregunta que nunca le hice fue: por qué apoyar a los países africanos y a los latinoamericanos y no a México, ¿no sería esto una forma de conspirar contra su propia emancipación?

Mi papá detestaba, en primer lugar, a Estados Unidos, pero eso no importaba, porque en ese entonces el vecino del norte era terriblemente malo en el soccer y no representaba una amenaza. Mi papá entonces se burlaba de la inversión que ese país estaba haciendo para empezar a destacar en el deporte más popular del mundo (y que, paradójicamente, era impopular en Estados Unidos).

Ahora Estados Unidos es una potencia futbolera, sobre todo su selección femenil. El bloque socialista se derrumbó y México sigue siendo malo en el futbol. Los mexicanos no se han emancipado después de un fracaso tras otro en la cancha.

En 2009 la selección sub 17 de México derrotó a Estados Unidos. Creo que, a pesar de la teoría del futbol que mi papá enarbolaba, hubiera estado feliz. No. Feliz, no. Eufórico, ¡súper feliz! Quizá hasta hubiera replanteado su teoría: el hecho de saber que puedes ganarle a los virtuales dueños del mundo, quizá eso sí inspire a la transformación de la realidad, ¿no? O Por lo menos yo me sentía inspirada viendo correr a Ana Gabriela Guevara esos cuatro años en los que fue la mejor, la mujer más rápida del mundo… claro, hasta que entró a la política.