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martes, 3 de enero de 2012

El año en que Elizabeth Short se convirtió en perfume


El hallazgo fue combustible para una ciudad que había encontrado un placer compulsivo en su propia decadencia. El cuerpo de la mujer, colocado en un terreno baldío sobre la Avenida South Norton de Los Ángeles, fue descubierto primero por Betty Bersinger, una mujer que caminaba con su hijita de tres años.

La “chica muerta” estaba diseccionada en dos por la cintura. Las dos mitades de su cuerpo, drenadas de sangre y lavadas, colocadas de forma cuidadosa sobre la hierba. Su rostro desfigurado por los golpes mostraba una sonrisa macabra: dos heridas que partían desde las comisuras de la boca se prolongaban hasta casi hasta las orejas. La nariz rota a puñetazos. Los que alguna vez fueron unos bellos ojos azules estaban desfigurados por los golpes. Los senos ostentaban quemaduras de cigarros. Uno de ellos cortado, casi desprendido del pecho.


 La segunda parte del cuerpo se encontraba unos centímetros más abajo. Sus piernas estaban separadas de forma pornográfica; pero sus rodillas habían sido fracturadas. Sus órganos reproductivos, extirpados y desaparecidos para siempre. Un pedazo de piel en forma de triángulo había sido removido de su muslo izquierdo.

 Pocos días después, el cuerpo que Betty Bersinger confundió de primera impresión con un maniquí fue identificado como Elizabeth Short, de veintidós años, aspirante a actriz, conocida en el mundillo periférico a Hollywood. La prensa la bautizó como la “Dalia Negra”, ya que tenía un atractivo look tipo mujer fatal, con un lustroso cabello negro, y le gustaba vestir ropa ajustada.

 El asesino o los asesinos de Elizabeth Short nunca fueron detenidos. Existen decenas de libros que claman haber desentrañado el misterio. La historia también ha inspirado imágenes, una que otra banda de rock, libros. El más notorio de estos últimos es La Dalia Negra, de James Ellroy (1987), que a su vez inspiró él filme de Brian de Palma con el mismo nombre (2006). (En 2005, Donald H. Wolfe publicó el libro de no ficción Los archivos de la Dalia Negra, el cual es considerado por muchos una de las investigaciones más rigurosas, ya que reveló, por primera vez desde el asesinato en 1947, documentos que nunca fueron hechos públicos. Entre ellos, una nota médica que advierte que Betty Short estaba embarazada al momento de su muerte. Wolfe concluye que la banda del mafioso Bugsy Siegel mató a la Dalia Negra, por órdenes del magnate Norman Chandler, quien la habría dejado embarazada y quería librarse de ella cuando aquélla se negó a abortar.)

  Del crimen al sexo 

El fenómeno más perturbador en torno a la Dalia Negra no es lo intrincado de su asesinato, sino la devastadora certeza de que esta joven que siempre aspiró a la fama, a convertirse en objeto de fama y deseo, sólo consiguió su objetivo debido a su muerte: a la forma en que fue torturada durante días debido a la exposición pública de su cadáver y a la develación sistemática de su intimidad que hizo la prensa.

 La Dalia Negra se convirtió paulatinamente en la pin-up girl de esa oscura ciudad de Los Ángeles en los años cuarenta. Su historia truculenta y oscurecida, con grandes lagunas narrativas que sólo echaban a volar la imaginación del público fue convirtiéndola en ese oscuro objeto de deseo. Y es que la prensa contó por entregas su historia: una más del inmenso ejército de jovencitas que llegaban a Los Ángeles con la esperanza de convertirse en estrellas; sin un trabajo fijo, con una debilidad por los hombres en uniformes; visitadora asidua de bares; con muchos conocidos, pero sin amigos cercanos; prostituta eventual… La Dalia Negra se convirtió paulatinamente en la pin-up girl de esa oscura ciudad de Los Ángeles en los años cuarenta. Su historia truculenta y oscurecida, con grandes lagunas narrativas que sólo echaban a volar la imaginación del público fue convirtiéndola en ese oscuro objeto de deseo.

 Pocos parecen sentirse realmente incómodos con el uso público, el encumbramiento de la Dalia Negra como inspiración de fantasías oscuras, en las que se entremezclan sexo y muerte; sexo y tortura; sexo y crimen. En su novela, James Ellroy relata cómo en los clubes más oscuros e infames la población femenina comienza a imitar el estilo de la Dalia Negra: su ropa entallada, su cabello. Sólo se alza una voz que recrimina, que apunta lo que todos parecen no advertir: una mujer le dice a su pareja, a quien encuentra con otra, una dalia negra wannabe: “Ella luce como la chica muerta”, le dice: “Qué tan enfermo puede ser eso?” 


Pero la pin-up girl cumple demasiado bien con las aspiraciones dramáticas y estéticas de la época: bella… de una forma extraña, torcida. Llena de claroscuros y altos contrastes, moralmente ambivalente, prostituta amateur, aspirante a estrella del cine, rodeada del bullicioso mundo nocturno de Los Ángeles, sus grandes magnates, sus mafiosos… Mas no es posible dejar de preguntarse si Elizabeth Short supiera de los sueños húmedos que su historia causó, ¿no se sentiría doblemente vejada? En la actualidad el de Short sería calificado como un feminicidio. Más aún, sería el feminicidio perfecto, ya que cumple, como si se tratara de un caso para manuales, con cada una de las aristas de la tipificación legal: crimen con carga discriminatoria, utilización del cuerpo como forma de castigo contra la mujer, violencia sexual, tortura, disposición y exposición del cuerpo en la vía pública.

 Sueños en botella 


 Este año, la casa de moda Givenchy anunció con bombo y platillo, la creación de su nueva fragancia femenina “Dahlia Noir” (Dalia Negra). Los perfumes siempre venden sueños, anhelos, encerrados en botellitas de cristal. Dahlia Noir no es la excepción.

La imagen del perfume está personificado por la modelo Mariacarla Boscono, con cabello y ropa negros, quien mira a la cámara con ojos mórbidos, envuelta en oscuras telas vaporosas. El perfume está dirigido a la mujer.

¿Qué sueños compra una mujer en esta botellita? ¿Hay alguna pulsión oculta —de esas que tanto gustaban a Freud— que la hace aspirante a ser una víctima pública del sadismo? No es la primera vez que una casa de modas se basa en la muerte sádica de mujeres para lanzar un producto dirigido a las propias mujeres. El año pasado la casa Mac Rodarte lanzó una línea de cosméticos inspirada en las muertas de Juárez. Pero, debido a las protestas públicas, la línea fue cancelada en México.

 Sin embargo, el asesinato de Elizabeth Short está demasiado lejano en el tiempo para inspirar indignación social. Desde 1947 la Dalia Negra inició su viaje para ser despojada, capa por capa, de su condición de sujeto y alcanzar por completo el de objeto de deseo. No es casualidad que sea poco lo que se sabe acerca de Elizabeth cuando era niña, cuando era adolescente: qué postres le gustaban o si tenía una mascota. Los detalles de su vida que no están vinculados con el escándalo y con el sexo han sido poco a poco borrados de su biografía “oficial”, hasta convertirse en un maniquí que sólo caminaba por las calles de Los Ángeles de los años cuarenta.

 Y en esta mecánica, el infortunio final, la tortura, la pulsión del sexo entremezclada con la muerte, es el detonante clave para volverse en objeto de deseo y como estadio final, en mercancía (es “redituable” ser víctima de un asesinato violento). Elizabeth Short, en términos reales, se convirtió en perfume.

 *Publicado en Replicante
** Imagen del inicio fue tomada de este sitio

 Para leer más sobre moda y sadismo: Muertas de Juárez: Deathfashion



 **La fotocomposición final  fue tomada de este blog

martes, 22 de febrero de 2011

Ellroy y México: El amor, el odio y la muerte

Por Lydiette Carrión

La relación entre México y Estados Unidos siempre estará en la línea de fuego, de una manera compleja, a veces torcida, tormentosa. Pero ha dejado una huella profunda en la novela moderna estadounidense, como es el caso de James Ellroy.

Tal es el caso de la obra del escritor estadunidense James Ellroy, en la que lo mexicano, si bien es marginal, está siempre presente y parece servir como inmersión a lo salvaje. En cada novela existe al menos un pasaje, siempre oscuro, atrayente y repelente, marcado por el sexo, la muerte y lo desconocido.

En su primer libro, Réquiem por Brown, esta relación con el mexicano es amable. El protagonista por un momento envidia la marginalidad del migrante, ya que conlleva la libertad. El detective Fritz Brown y Stan buscan a “Fat Dog”, un caddie y delincuente, que acampa cada noche en los campos de golf. “Había venido a hablar con un asesino, un sicótico cuya forma de vida me resultaba incomprensible, pero por un segundo envidié la soledad de su refugio. Si vivía ahí tenía muy buen gusto y disfrutaba lo mejor de dos mundos”.

Ese “buen gusto” que envidia Brown pertenecen también a los mexicanos que apenas han llegado a Estados Unidos.

Paré y de pronto nos vimos sorprendidos por una música mexicana. A continuación oí risas. Al irse acostumbrando mis ojos a la oscuridad pude distinguir una barraca de gran tamaño a mi derecha. Había unos hombres sentados en las escaleras de la entrada bebiendo cerveza…
—Hola —dije—, estamos buscando al Perro, perro grande y blanco.
Eso rompió el hielo. Las cinco o seis voces que contestaron a mi pregunta eran amables. Por lo que pude entender, todos dijeron lo mismo. No habían visto a ningún perro grande y blanco. Debería haberles dicho que buscaba un perro gordo, pero no sabía decirlo en español…
Cuando Stan y yo nos introdujimos de nuevo en la oscuridad, volvieron a poner música mariachi. En silencio, les deseé una vida feliz en América.
Viajes internos

Beverlly Hills

México nunca es el escenario principal de las pesadillas policiacas de Ellroy. Ese honor sólo está reservado a la ciudad de los Ángeles. Pero en los momentos más oscuros México emerge como escenario alterno, inestable, inseguro y mortal.

En La Dalia Negra, obra que inaugura el L.A. Quartet (cuatro novelas ambientadas en Los Ángeles de los años cuarenta y cincuenta, y en las que Ellroy mezcló hechos históricos con la ficción), el detective Bucky Bleicher realiza una jornada de introspección en los paisajes de Baja California. Bucky emprende un viaje en coche desde Los Ángeles a Tijuana primero y después a Ensenada, en busca de su compañero policía Lee Blanchard.

En la literatura de Ellroy pervive esta imagen de Tijuana y Baja California como un patio trasero; un sitio destinado al turismo más oscuro; un urinal.

México nunca es el escenario principal de las pesadillas policiacas de Ellroy. Ese honor sólo está reservado a la ciudad de los Ángeles. Pero en los momentos más oscuros México emerge como escenario alterno, inestable, inseguro y mortal.
Bucky llega a un bar, el último bar de una oscura calle en Ensenada, llamado “Satán”, una construcción de adobe con un “ingenioso” letrero de neón: un diablo con una erección en forma de tridente. El cadenero era un pequeño “camisa marrón” (es decir, un policía federal) que escudriñaba a la clientela. Las charreteras de su uniforme estaban llenas de billetes de a dólar.

Los marines y marineros podían masturbarse mientras miraban a las bailarinas. Algunos pagaban por sexo oral debajo de la mesa. Un burro con cuernos de diablo atados a las orejas comía heno en un rincón… En suma, turismo sexual, de mala muerte, totalmente dedicado al “gringo” de tropa, a los uniformados, satura la imagen de pesadilla de un lugar miserable y corrupto…

Como ente temible y taciturno en las historias de Ellroy estará la policía mexicana, compuesta de hombres amables si hay dinero de por medio. Pero, detrás de una aparente docilidad frente al gringo, las cosas pueden tomar otro matiz, y nadie, nunca, hallará tu cadáver.

Bucky visita un cementerio clandestino destinado a los despojos de los rurales. “Hay un hoyo de arena por la playa. Los rurales tiran fiambres ahí. Un chico me dijo que vio a un montón de tropa enterrando a un hombre blanco, grande…”, le dice un soplón a Bucky.

Como ente temible y taciturno en las historias de Ellroy estará la policía mexicana, compuesta de hombres amables si hay dinero de por medio. Pero, detrás de una aparente docilidad frente al gringo, las cosas pueden tomar otro matiz, y nadie, nunca, hallará tu cadáver.
La fosa clandestina estaba a diez millas al sur de Ensenada. Justo al lado de la costera, mirando hacia el océano. Una gran cruz, en llamas, marcaba el lugar. El soplón le explica: “No es lo que tú crees. Los locales mantienen esto prendido porque no saben quién está enterrado aquí y muchos de ellos tienen personas queridas que están desaparecidas. Ellos queman las cruces y los rurales lo toleran…”

Bucky encontró a su compañero enterrado, putrefacto, mirando al mar, en tierra mexicana. Ahí lo dejó. No le dijo a nadie dónde estaba su cadáver.

El amor mexicano

L.A. Confidential, la película

En L.A. Confidential Ellroy describe el amor socialmente inapropiado entre el detective Ed Exley e Inez Soto, víctima de una violación en pandilla. El policía sabe que no puede hacerla su esposa porque eso destruiría su carrera. Ella acepta el concubinato porque después de la violación su familia la ha rechazado y, explica, “ningún mexicano se acercará a una mujer que fue violada por una pandilla de negritos putos (en español en el original)”.

Pero pasan los años e Inez transita de un amor tibio, medido y marcado por el resentimiento, a la frialdad y luego al desprecio. Lo único que le queda a ella en la vida es su lugar de trabajo, Dreamland (Disneylandia); sólo la ejemplificación más burda del sueño americano apacigua el dolor y las heridas internas de Inez. Heridas que el amor del hombre blanco sólo lastimó aún más.

Queda así la mujer mexicana definida por una belleza oscura e inquietante, pero siempre distante, resentida. Incapaz de amar con certeza al hombre blanco. Y el hombre blanco llevará ese amor con culpa y en secreto. Porque lo correcto sería despreciarla. ®

Publicado en Replicante