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martes, 2 de julio de 2013

Thalía quiso alcanzar el sueño americano. Y desapareció


El 1 de agosto de 2012, alrededor de las tres de la tarde, Thalía González Martínez, de entonces 19 años, se vistió con ropa negra, cargó con el poco dinero que le quedaba, su credencial del IFE y un teléfono celular. Luego se despidió de su familia.

Partió con una conocida suya, Lorena Torrijos. Iban a cruzar a Estados Unidos por Reynosa. La familia de Thalía la vio alejarse y dejar el lugar donde nació: Juando, un pueblito que apenas rebasa los mil habitantes, en el municipio de Acambay, estado de México. Desde esa tarde nadie la ha vuelto a ver.

La historia comenzó tres meses atrás, en mayo de 2012. Lorena, de aproximadamente 28 años, estaba de visita en Juando. Ella vive en Chicago desde hace 15 años y había regresado por primera vez desde entonces a su pueblo. Durante esas vacaciones visitó constantemente a Thalía; la invitaba a comer y a beber, pasaban horas platicando con otra mujer, tía de Lorena —Zenaida Flores— y juntas la convencieron de emigrar en compañía de Lorena y abandonar lo poco que tenía: un pequeño negocio de carnitas.

La joven se entusiasmó y pidió dinero a la familia. Convenció al papá de vender una camioneta y unos puercos, y juntó 60 mil pesos: el precio por anticipado que exigía la “coyota”. Depositó directamente a cuentas bancarias de la familia de Lorena, quien supuestamente arregló todo el viaje. El problema es que nadie de la familia de Thalía supo quién era la “coyota”, ni tuvo algún contacto con ella.

De lo único que tuvieron certeza es que las dos mujeres, quienes debían ir vestidas con colores oscuros para esconderse de la migra, cruzarían por Reynosa, Tamaulipas.

Reynosa solía ser un lugar muy recurrido por migrantes mexicanos, quienes cruzaban a nado el río Bravo y llegaban al área metropolitana de McAllen, Texas. Pero actualmente se ha vuelto muy peligroso debido al crimen organizado, en concreto Los Zetas.

La gente de Juando (un pueblo del cual han debido migrar muchas personas a Estados Unidos) ahora emigra por Piedras Negras, Coahuila, explica el hermano de Thalía, Daniel González Martínez.

El 1 de agosto las vieron partir. El día 2 la madre llamó al celular de Thalía, pero nunca entró la llamada. La familia intentó comunicarse al celular de Thalía y al de Lorena los días siguientes sin éxito. A los ocho días, Lorena Torrijos ya se encontraba en Chicago y se comunicó a Juando. Dijo que Thalía “no había aguantado ni tres horas en el desierto” y que se había entregado a la patrulla fronteriza.

Agregó que la habían dejado en McAllen, pero que no se preocuparan, la iban a “maquillar” y los “coyotes” la pasarían a través de la garita con una mica (visa) falsa.

—Pero si ya estaba en McAllen, ¡ya había cruzado!, ¿por qué tenía entonces que cruzar de nuevo?, exclama el hermano de Thalía, Daniel González Martínez. Más aún, se cuestiona: “¿De cuál desierto hablan en el área metropolitana de McAllen?”.

Pasaron los días, los meses. Lorena reportó la desaparición de Thalía en un consulado, dijo que era su prima y después dejó de contestar las llamadas de los familiares de la joven, quienes denunciaron los hechos ante el MP mexiquense en diciembre de 2012. Pero hasta la fecha no han visto que se inicie una investigación o se de alguna coordinación con autoridades federales y tamaulipecas.

“Yo sólo quiero que me digan dónde está, qué hicieron con ella”, se duele la madre de Thalía, la señora Eulogia Martínez.

miércoles, 26 de junio de 2013

Lo que las chicas quieren




Mujeres y jóvenes que fueron víctimas de trata piden lo siguiente a funcionarios tanto de nivel local como federal:

Muchacha de cabello corto: “Si nos ponemos a trabajar como debe de ser, se puede erradicar la trata. Nos han hecho promesas antes, pero luego no cumplen. Nosotros vivimos este problema, pero ustedes lo pueden sacar a flote”.

Sofi, sobreviviente de trata del Reino Unido: “Las víctimas de trata somos chicas normales. Somos como cualquier persona pero nuestras vidas fueron arrebatadas por un tiempo”.

Sobreviviente originaria del Estado de México: “Necesitamos refugios especializados para víctimas de trata. Yo estuve en uno que era de violencia doméstica y no sabían ni qué hacer conmigo. No me dejaban ni salir a la tienda. Casi me suicido ahí. Sin embargo, ahora voy a empezar la carrera”.

Joven con blusa naranja: “Trabajen para aprobar ya el reglamento de la Ley contra la Trata. Es urgente”.

Muchacha con saco: “Nosotros somos la voz, pero ustedes son las autoridades, es su responsabilidad”. Para que las cosas cambien, “debemos reunirnos [víctimas y sobrevivientes de trata y autoridades] no sólo una vez, sino varias veces para que nos escuchen”.

Chica de cabello chino, muy largo: “Cuando me hicieron las valoraciones sicológicas, habían pasado ya dos años y medio [de que fuera rescatada]. No pueden dejar pasar tanto tiempo”.

Joven con blusa negra y falda morada: “Cuando llegué a un albergue no hablaba. Lo que me ayudó es que habían personas que se interesaban por mí. Eso me ayudó a decir la verdad”. Pero “nosotras [las víctimas rescatadas] somos privilegiadas, porque somos muy pocas las que sobrevivimos. A las demás las matan o se mueren.

Este lunes se efectuó el Foro “De víctima a superviviente” en el Antiguo Colegio de Medicina. Estuvieron presentes expertos en el tema de trata de personas para la explotación sexual, políticos, entre ellos el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, diputados del Distrito Federal, Morelos, Estado de México;  legisladores federales, la ex diputada federal Rosi Orozco.

Las jóvenes hicieron las anteriores exigencias a políticos y funcionarios. Habrá que ver, en los próximos meses, si los funcionarios les darán cauce.


Glosario de supervivencia

Escala de Richter: no es lo mismo que la escala de un quinto piso en la Colonia Roma o un sexto piso en la Juárez.

*Columna Rendija publicada en El Universal Gráfico el 19 de junio de 2013.

El héroe de Anita




En 2006, Anita tenía 13 años y terminaba segundo de secundaria en Tultitlán, Estado de México, cuando su madre murió por causas desconocidas. El padrastro se llevó a su hermanita a Puebla, pero a ella la dejó sola.

Lo último que sugirió el padrastro antes de irse fue acudir con una parienta de él: Eliset, hijastra de un matrimonio anterior.

Anita se fue a vivir con la familia: Eliset de 29 años, su esposo, cinco hijos y Dulce, otra jovencita que trabajaba para la mujer contestando siete líneas telefónicas. Todos vivían en una casa grande, de cinco recámaras en Coacalco, Estado de México.

Al mes de haber llegado, Anita tenía que limpiar la casa ella sola y atender a los cinco hijos. “Terminé levantándome a las cinco de la mañana para que me diera tiempo de todo”.

Un día Dulce escapó. Eliset habló con Anita: le explicó que en realidad ella era prostituta y se anunciaba en los periódicos, que quienes llamaban a las diferentes líneas telefónicas eran sus clientes y que como Dulce no estaba, ahora Anita respondería las llamadas: daría los precios y convencería a los clientes.

Dulce regresó tiempo después y luego se volvió a ir. Eliset llevó a su cuarto a Anita, para hablar:

–Tenemos muchas deudas, además el papá de tus hermanos está muy enfermo y si no lo operan se muere–, la chantajeó. –Tus hermanos ya perdieron a su mamá, ¿y ahora van a perder a su papá también?

Anita tenía 14 años cuando pisó por primera vez un hotel.

Eliset y su esposo explotaron a Anita en hoteles de todo el Estado de México y el Distrito Federal. “Había veces que ni siquiera me dejaban ir al baño, porque íbamos a hoteles por toda la región, desde la frontera con Querétaro, hasta el sur, por Xochimilco”, recuerda la joven.

En ocasiones la adolescente se rebelaba y la mujer la encerraba. La última vez la mantuvo así por dos días, hasta que Anita entró en crisis, rompió un vidrio de la ventana para escapar, pero no cupo entre los barrotes. Entonces tomó un pedazo de vidrio y se cortó los brazos. “No quería morirme, quería que me sacaran de ahí”, explica, y muestra su cicatriz. Embarró la sangre en las paredes y gritó hasta que la liberaron.

Cuando Anita tenía 15 años, su hermana llamó por teléfono. Anita le preguntó por el padrastro y la operación.

–¿Cuál operación?–, respondió la hermanita. Todo había sido mentira.

En diciembre de 2008, Eliset llevó a Anita a un hotel de la colonia Álamos en el Distrito Federal. El cliente ofrecía 4 mil pesos por tener sexo sin preservativo. Anita se opuso. Tras una larga discusión, Eliset tomó su lugar, pero al terminar el hombre pidió “unos minutos” con la adolescente.

–Mira, niña, si te vas a dedicar a esto tienes que hacer lo que el cliente te pida porque estoy pagando– le sermoneó.

Anita salió llorando de la habitación. Un camarero la vio y le preguntó qué le pasaba.  Ella le pidió ayuda.  El muchacho –que Anita calcula tenía alrededor de 23 años entonces– aceptó. La escondió en un cuarto, le dio una sudadera y pidió un taxi de sitio.

Eliset y su marido estaban dando vueltas alrededor del hotel. Cuando llegó el taxi, el muchacho le dijo: “a la de tres, corre…”.  Se escabulleron.

Esa noche el muchacho perdió su trabajo: se fue siete horas antes de que terminara su turno. Pero acompañó a Anita al búnker de la PGJ capitalina y luego a la agencia 59.  La policía detuvo a la pareja. Eliset fue condenada a cinco años de cárcel por el delito de corrupción de menores; al esposo, a 13 años, por lenocinio. Paradójicamente él ya está libre. La mujer está por salir.

Durante estos años Anita ha estado en las fundaciones Camino a Casa y Reintegra. En unas semanas entrará a la universidad, a Ciencias de la Comunicación. No ha vuelto a ver al muchacho que la salvó. Sólo sabe que su nombre es David.

Texto publicado en El Universal Gráfico el 18 de junio de 2013

viernes, 7 de junio de 2013

Thalía buscó el sueño americano




Lydiette Carrión


El 1 de agosto de 2012, alrededor de las tres de la tarde, Thalía González Martínez de entonces 19 años, se vistió con ropa negra, cargó con el poco dinero que le quedaba, su credencial del IFE y un teléfono celular. Luego se despidió de su familia.

Partió con una conocida  suya, Lorena Torrijos. Iban a cruzar a Estados Unidos por Reynosa. La familia de Thalía la vio alejarse y dejar el lugar donde nació: Juandó, un pueblito que apenas rebasa los mil habitantes, en el municipio de Acambay, Estado de México.

Desde esa tarde nadie la ha vuelto a ver.

La historia comenzó  tres meses atrás, en mayo de 2012. Lorena de  aproximadamente 28 años, estaba de visita en Juandó. Ella vive en Chicago desde hace 15 años y había regresado por primera vez desde entonces a su pueblo. Durante esas vacaciones, visitó constantemente a Thalía; la invitaba a comer y a beber, pasaban horas platicando con otra mujer, tía de Lorena, la señora Zenaida Flores, y juntas la convencieron de emigrar en compañía de Lorena y abandonar lo poco o mucho que tenía: un pequeño negocio de carnitas.

La joven se entusiasmó y pidió dinero a la familia. Convenció al papá de vender una camioneta y unos puercos y juntó 60 mil pesos: el precio por anticipado que exigía “la coyota”. Depositó directamente a cuentas bancarias de la familia de Lorena, quien supuestamente arregló todo el viaje. El problema es que nadie de la familia de Thalía supo quién era la coyota, ni tuvo algún contacto con ella.

De lo único que tuvieron certeza es que las dos mujeres –quienes debían ir vestidas con colores oscuros esconderse de la migra– cruzarían por Reynosa, Tamaulipas.

Reynosa solía ser un lugar muy recurrido por migrantes mexicanos, quienes cruzaban a nado el Río Bravo y llegaban al área metropolitana de McAllen, Texas. Pero actualmente se ha vuelto muy peligroso debido al crimen organizado, en concreto Los Zetas. La gente de Juandó (un pueblo del cual han debido migrar muchas personas a Estados Unidos) ahora emigra por Piedras Negras, Coahuila, explica el hermano de Thalía, Daniel González Martínez.


El 1 de agosto de agosto, las vieron partir. El 2 de agosto, la madre llamó al celular de Thalía, pero nunca entró la llamada. La familia intentó comunicarse al ceclular de Thalía y al de Lorena los días siguientes sin éxito. A los ocho días, Lorena Torrijos ya se encontraba en Chicago y se comunicó a Juandó. Dijo que Thalía “no había aguantado ni tres horas en el desierto”, y que se había entregado a la patrulla fronteriza.

Agregó que la habían dejado en McAllen. Pero que no se preocuparan, la iban “a maquillar” y los coyotes la pasarían a través de la garita con una mica (visa) falsa.

–Pero si ya estaba en Mc Allen, ¡ya había cruzado!, ¿por qué tenía entonces que cruzar de nuevo?– exclama el hermano de Thalía, Daniel González Martínez. Más aún, se cuestiona ¿de cu



ál desierto hablan en el área metropolitana de McAllen?

Pasaron los días, los meses. Lorena reportó la desaparición de Thalía en un consulado, dijo que era su prima,  y después dejó de contestar las llamadas de los familiares de la joven, quienes denunciaron ante el MP mexiquense en diciembre de 2012. Pero hasta la fecha, no han visto que se inicie una investigación o se dé alguna coordinación con autoridades federales y tamaulipecas.

“Yo sólo quiero que me digan dónde está, qué hicieron con ella”, se duele la madre de Thalía, la señora Eulogia Martínez.

Elizabeth Moreno: una fotografía, la única esperanza





Con el caso de Elizabeth Moreno Chávez todo ha sido larga espera: 5 meses para sacar una sábana de llamadas, 6 meses una orden de aprehensión, 8 meses para buscarla, un año para establecer dos líneas de investigación: que Elizabeth está siendo explotada o que fue asesinada por Jorge Antonio el mismo día que se la llevó.

Laura Chávez abre la carpeta sobre el secuestro de su hija Elizabeth, de entonces 17 años, ocurrido el 19 de febrero de 2012. Oficios, declaraciones ministeriales, están perfectamente acomodados; sobre ellos ha apuntado datos y referencias en papelitos fosforescentes.  Laura y su marido, Adrián Moreno, han aprendido a atesorar cada documento, ya que, saben, sólo con éstos es posible presionar a las autoridades.

E
n mayo de 2012, la madrugada del 19 de febrero de 2012, Jorge Antonio González López, entonces militar de 24 años, se metió a la casa de los Moreno Chávez, en San Isidro Ixhuatepec, Estado de México. Buscaba a la hija mayor (lo había despreciado horas antes), quien ni siquiera estaba ahí. Despertó a los padres y a las dos de hijas menores a mentadas de madre, acuchilló a Adrián Moreno. Luego se llevó Elizabeth. Dijo: “este es mi boleto de salida”.

Mientras el padre estaba en terapia intensiva, la familia interpuso la denuncia en ministerio público de San Juanico. El encargado de su caso, Belisario de Jesús Albores,  nunca giró orden de aprehensión contra Jorge Antonio.

En marzo, Adrián salió del hospital. La familia consiguió la sábana del celular de Jorge Antonio mediante un investigador privado. Supieron que durante las 12 horas posteriores al ataque, hizo 123 llamadas: a su padre, a su novia, a sus familiares y que estuvo en varios puntos del Estado de México, Hidalgo y el Distrito Federal, que para el 21 de febrero ya se encontraba en Chihuahua capital y en los siguientes días se trasladó a Sonora, Sinaloa y Baja California.

Los padres acudieron a Provictima y a la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México. El caso fue trasladado a Barrientos.

La sábana oficial llegó en julio. “En Barrientos ni siquiera la imprimieron”, jamás la analizaron, dice Laura. Para entonces, Adrián Moreno ya había localizado los sitios que el documento había arrojado en Edomex y DF. Se paraba en una esquina, vigilaba, y rezaba por que nadie le preguntara qué hacía ahí.

Por fin, la primera orden de aprehensión fue emitida el 11 de julio, por el cargo de lesiones contra Adrián Moreno, no por el rapto de Elizabeth. Éste permaneció “inexistente” hasta el 30 de agosto de 2012, seis meses después de que Jorge Antonio se la llevara a punta de navaja. 

La familia entonces buscó a otros padres en situaciones similares y comenzaron a protestar. Para octubre, el caso fue transferido a la fiscalía de asuntos especiales, en Toluca. En diciembre el procurador estatal les designó un equipo especial. “Ellos han sido excelentes. Unos ángeles”, dice Laura.

Este equipo especial citó –por primera vez–a los  familiares de Jorge Antonio. El padre del sospechoso declaró que su hijo acuchilló a Elizabeth esa misma noche y la vio morir. Señaló el lugar donde habría abandonado el cuerpo, pero en esa fecha no se encontró cadáver alguno.

“La familia ha mentido desde el principio, cada vez que declaran cambian su versión”, dice Laura. Harta, enfatiza: “Que me digan qué le hizo este tipo a mi hija”.

En meses recientes, una fotografía en la red llamó la atención de los investigadores: una joven en lo que parece un antro. Los peritos calculan un 85% de probabilidad de que se trate de Elizabeth. “Esa foto es mi única esperanza”, dice Laura.

**Texto publicado en El Gráfico el 7 de mayo de 2013.